En toda guerra, la propaganda se convierte en un frente más, y el actual conflicto entre Estados Unidos e Irán no es la excepción. Ambos países libran ahora una batalla narrativa que busca moldear percepciones, justificar acciones y ganar aliados en un escenario global tenso. En medio de versiones contradictorias, los ciudadanos quedan atrapados entre discursos diseñados para confundir más que para informar. Esta guerra propagandística no solamente distorsiona la verdad, también sacude el mercado petrolero, alimenta la volatilidad y encarece la energía a nivel mundial. Mientras Washington y Teherán compiten por imponer su relato, el resto del planeta paga el precio en incertidumbre, inflación y fragilidad económica.
