La violencia social o interpersonal es responsable de casi 60% de los homicidios que se dan en el país. Entonces, no es un estallido ocasional, sino el síntoma de un país que ha normalizado la agresión como forma de interacción. Estamos definitivamente conviviendo mal, con déficit de razonamiento y mal manejo emocional. El orgullo pesa más que la razón, la frustración cotidiana encuentra salida en el otro, no en las instituciones. Esto no se corrige con operativos ni altisonantes discursos moralizantes. Su raíz es estructural: marginalidad, sistema educativo que no enseña a gestionar emociones, un Estado desconectado, una cultura que confunde firmeza con violencia. Necesitamos reconstruir la convivencia desde escuela, comunidad e institucionalidad. l
