Hay fechas que uno quisiera que el calendario dominicano escondiera en alguna gaveta vieja, de esas que nunca se abren porque allí aparecen fotografías de muertos, cartas que nunca debieron escribirse, o recuerdos que todavía duelen. El pasado viernes 25, se cumplieron 63 años del Golpe de Estado a Juan Bosch, contra su gobierno “sietemesino”, que incluyó un terrible daño a las esperanzas de un pueblo que recién salía de la pesadilla de 31 años de Trujillo. Pueblo que apenas le tomaba el sabor a las libertades democráticas. La celebración ha sido tímida, muy tímida como si las arañas del olvido hubieran tejido una densa telaraña sobre el evento. Los Militares Constitucionalistas depositaron una ofrenda ante el altar de la Patria, pero reclaman reivindicaciones particulares.
Boschistas/PLD lo recuerdan en un documento, como la interrupción de un proyecto democrático y social. Los medios reconstruyeron la madrugada del golpe, como un acontecimiento que todavía requiere explicación documental. El Estado, no lo conmemora, como si no hubiera ocurrido. La Academia, en específico la UASD, tuvo escasa presencia y no hubo una conmemoración unificada, sino que cada uno celebró su propio 1963. Los investigadores buscan documentos desclasificados en Washington, de la CIA y sobre Haití. Creo que a Bosch lo tumbaron 2 veces: en 1963 y cada vez que pasan por alto un evento que tuvo tremendas consecuencias trágicas. El 25 de septiembre de 1963 no fue solo la caída de un presidente electo con casi el 60% de los votos, el 20 de diciembre de 1962, sino la interrupción violenta de un experimento democrático que apenas comenzaba. Los militares, impulsados por fuerzas de la sociedad civil, destacados empresarios, personeros de la Iglesia católica y diversos sectores de ese momento, conspiraron para derrocar al Gobierno, suprimir la avanzada Constitución del 63 y disolver el Congreso. La gran mayoría tuvo la oportunidad de arrepentirse de sus esfuerzos para desconocer la incipiente democracia. El peso de Trujillo y los trujillistas era abrumador y la dictadura tenía vivos todos sus tentáculos, era la época de la Guerra fría y el engendro de Cuba y Fidel Castro tenían a los Estados Unidos “descompuestos” y más pesó la etiqueta de “comunista” que las reivindicaciones sociales que trajo Bosch y su Constitución. . En ella se introdujeron principios que rompían estructuras heredadas: función social de la propiedad, reforma agraria, derechos laborales y sociales, derechos de la mujer, educación y salud, y una concepción del poder militar subordinado al poder civil. Aprendimos lo hermoso de una Constitución encuadernada y lo frágil que resulta cuando un tanque decide aplastarla. Hay daños que una calculadora no precisa: se tumbó un gobierno para “salvar” la República.
