Cuando escribí mi primer artículo como consultor fue para una página web de unos amigos. Hace ya más de 25 años y siempre recuerdo las observaciones, por no llamarlas críticas, de los dueños de la página. Me decían que, si quería venderme como consultor, carrera que recién iniciaba, no podía escribir coloquialmente, tenía que ser profesional.
Hoy, 25 años más tarde y miles de artículos publicados en grandes medios, me doy cuenta del riesgo que corrí. De haberles hecho caso, no hubiese sido yo mismo.
Me dijeron que escribí como hablo y que no es bueno. Debía tener un lenguaje rebuscado para tener un aura de intelectual. Lo que pasa es que no lo soy. Aunque conozca muchas palabras y pueda escribir de esa manera, no me gusta, preferí ser auténtico y creo que muchos me leen y me siguen por la misma razón.
Mi padre, en su tiempo como directivo de empresa, era uno diferente en la oficina que en el equipo de softbol… con los mismos compañeros. Tenía un disfraz. Ese hombre alegre de fuera de la oficina tenía que vestirse de supervisor duro para que las cosas funcionaran. Por lo menos, así creo que lo veía. Hoy, de ese duro espécimen no quedó nada, es un dulce y chistoso abuelo.
Hoy es quien siempre fue. El que en su vida personal disfrutaba ser. Pero ante supervisados tenía que esconder. Solo por la creencia de que no le respetarían igual.
Sé que no somos el mismo en todos lados, pero esconder quiénes somos es costoso y doloroso.
Lo único importante para mí es que mi base sea igual en todos los roles que juego. Como padre, escritor, columnista, amigo, conferencista, mentor, cliente, etc. En cada Diego pongo y quito elementos, pero la base es la misma.
Quien me ve dando una conferencia piensa que no soy de esa manera en la vida real. Y mis amigos no se pueden imaginar que dé clases a ejecutivos siendo como soy.
¿Conoces tu base? ¿Puedes encontrarte en cada personaje que te toque actuar en las próximas dos horas?
