Abinader, cambie en su gobierno

Presidente, no se engañe. Usted tiene el poder, sí, pero también el reloj encima. Y el reloj no perdona. Tic-tac, tic-tac, los presidenciables respiran en su nuca, se alisan el traje frente al espejo y practican el discurso de la noche de la victoria mientras todavía calientan asiento en su gobierno. No es una conspiración, es naturaleza política: todos quieren llegar, pocos están dispuestos a esperar.

Reúna a esos llamados presidenciables. Llámelos uno a uno, sin micrófonos ni cámaras, sin tronos ni corbatas. No para darles órdenes, sino para pedirles una cosa sencilla pero honesta: los cargos. Los sillones, los presupuestos, las oficinas con aire acondicionado pagado por todos. Que se vayan, que salgan del Estado. No por castigo, sino por salud. Suya y del país.

A los electos no, claro. Esos se deben al voto, y el voto es sagrado. Pero a los demás, los designados, los que creen que desde un ministerio se hace campaña, que se vayan a convencer sin chequera. Que prueben suerte en la calle, donde no hay chóferes ni asesores ni aplausos comprados. Si crecen ahí, si llenan plazas sin pauta ni nómina, entonces sí: son presidenciables de verdad, no de nómina.

El cambio de gabinete, eso sí, no lo haga ahora. No caiga en la tentación de mover fichas con el tablero caliente. Espere. Hágalo cuando asuma su partido, cuando de verdad tenga el timón. Porque cambiar sin control es improvisar, y en política la improvisación se paga.

Reestructure ese partido. Provincia por provincia. Dirección por dirección. Límpielo, sacúdalo, riéguelo si hace falta. Que el partido vuelva a parecer un partido, no una oficina de empleo. Y después, cuando esté sólido, cuando ya no se sostenga sólo en el Estado, entonces sí: sáquelo a la calle.

Láncelos. Sin escudos. Sin la ventaja de lo público. Que se ganen la simpatía con ideas, con carácter, no con la firma de un decreto. Ahí se verá quién tiene de verdad lo que hace falta.

Porque lo más peligroso, presidente, no es la oposición. Lo más peligroso es una competencia interna dentro del poder. La guerra de los que están adentro y creen que pueden más.

Sáquelos del Estado. Si de verdad pueden, crecerán igual. Si no, mejor enterarse ahora. Antes de que el reloj termine de marcar el tic-tac final.

Demuéstreme que estoy equivocado

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