Virginia Woolf decía que escribía para el lector común. Cada vez que leo esa frase siento que me habla directamente. Yo tampoco escribo para impresionar escritores. Con los años he descubierto algo curioso: muchos escritores hablan mucho de literatura, pero leen poco a sus contemporáneos. Leen a los muertos, a los clásicos, a los consagrados. A los que están vivos los observan con distancia, como si leerlos fuera una concesión.
Tampoco escribo para los grandes dirigentes políticos. Basta mirar alrededor para comprobar que la mayoría tiene demasiadas reuniones y muy pocos libros. Algunos citan autores en los discursos, pero uno sospecha que conocieron esas frases por un asesor más aplicado que ellos. La lectura exige tiempo, paciencia y silencio, tres cosas escasas en la política actual.
Al final de la tarde siempre aparece alguien diciendo que leyó el artículo. A veces lo demuestra con un comentario. Otras veces solo deja una mano levantada en las redes sociales. No me molesta. Vivimos en tiempos rápidos. Hay personas que saludan un texto sin entrar en él. Es una costumbre de la época.
Pero cuando me siento a escribir pienso en otro lector. Pienso en usted. En la persona que abre estas líneas sin pertenecer a ningún círculo literario. En quien trabaja todo el día y encuentra unos minutos para leer. En quien no busca una lección magistral ni una demostración de inteligencia. Solo busca una idea, una pregunta o una reflexión que le acompañe durante unas horas.
Escribo para la lectora que viaja en un autobús. Para el joven que intenta entender el país donde vive. Para el hombre que llega cansado a su casa y decide leer antes de dormir. Escribo para quienes todavía creen que una página puede ayudar a pensar mejor.
También escribo para incomodar. No al ciudadano común, sino a ciertos políticos que hablan del pueblo sin escucharlo y toman decisiones sin caminar por las calles que administran.
Si algún joven encuentra aquí una idea útil, una duda necesaria o una pregunta nueva, entonces el esfuerzo habrá valido la pena.
Demuéstrame que estoy equivocado.
