El nieto, ese pequeño dictador adorable

Voy a repetir la frase —porque, como todo lo importante, merece ser repetida—: tener nietos es una experiencia grata. No es una frase poética ni solemne. Es simplemente verdad. Pero lo que nadie te advierte es que esa “grata experiencia” viene con sus propios sobresaltos, con pequeñas tiranías y cambios de régimen doméstico. Desde que mi hija salió embarazada, mi mujer y yo nos convertimos en centinelas de ese embarazo. Pendientes de todo: la ecografía, la presión arterial, los antojos caprichosos, el obstetra y el pediatra de confianza. El embarazo se volvió una empresa familiar.

Hasta que, de pronto, mi esposa me abandonó.

Sí, suena dramático. Pero es la única palabra que lo resume bien: me abandonó por tres meses. Armó maletas y se fue al parto de su hija como si se marchara a una cruzada santa. Y yo, viejo sentimental, lo resentí. Me sentí solo, desplazado, casi traicionado. Pero luego nació el niño y —¿cómo decirlo sin parecer cursi? — todo se olvidó. Mejor dicho: todo cambió de escala. Lo importante dejó de ser importante. Lo trivial pasó a primer plano. Y él, ese recién llegado sin dientes ni palabras, se volvió el centro del universo.

Desde entonces, vivimos bajo su ley. Si ganó una libra este mes, si toma seis onzas exactas de leche, si duerme de lado o de espaldas. Si ya balbucea o solo gruñe. Si le toca vacuna o si hay fiebre post-vacuna. Si en la clase de natación flota o solo chapotea. Si ya come papilla o sigue sospechando del puré de papaya. Todo se anota, se mide, se celebra. El calendario gira en torno a sus progresos, no a nuestras agendas. El mundo adulto queda suspendido.

La casa, otrora refugio de rutinas, ha sido tomada. Su sonrisa ha exiliado a la solemnidad. Ya nadie me pregunta cómo están mis hijas. Nadie se acuerda de mis logros, mis dolores o mis nostalgias. Lo único que quieren saber es: ¿y el niño? ¿cómo está el nieto?

Y uno, que antes fue protagonista, se rinde gustoso a ese papel secundario. Porque este pequeño dictador de Armando Enrique(Jr.) —con babero y pañal, con mirada asombrada y dedos diminutos— ha hecho lo que nadie más: devolverle a la vida una forma pura de alegría. Inesperada. Implacable. Y, sí, es grata.

Posted in DE UNA SENTADA, Opiniones

Más de opiniones

Más leídas de opiniones

Las Más leídas