Escribir es mirar, mirar es escribir

Escribir requiere observar con atención, detenerse donde otros pasan de largo, conceder importancia a lo que parece pequeño

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Toda escritura comienza antes de la primera palabra. Empieza en las horas entregadas a los libros, en la costumbre de escuchar voces lejanas hasta descubrir la propia. Ningún escritor llega a encontrar un lenguaje sin haber permanecido durante años frente a las páginas, recorriendo el pensamiento de quienes escribieron antes y aprendiendo de ellos el difícil oficio de mirar.

He pasado noches enteras leyendo. A veces las horas se acumulan hasta que las letras comienzan a perder nitidez. Entonces cierro los ojos, dejo que descansen unos minutos y regreso al libro con la misma necesidad. Continúo hasta que el sueño termina por vencerme y el volumen resbala de las manos. Al despertar, vuelvo a abrirlo porque sé que toda lectura deja una huella, aunque el tiempo intente borrarla.

Después llega la escritura. Las palabras aparecen lentamente, convocadas por aquello que la memoria ha conservado y por cuanto la mirada descubre en el mundo. Escribir requiere observar con atención, detenerse donde otros pasan de largo, conceder importancia a lo que parece pequeño y escuchar el rumor discreto de la vida cotidiana.

Ayer abrí nuevamente mi novela “El hombre que vuelve”. Había permanecido meses publicada. La leí con la serenidad que concede la distancia. Descubrí que aquel final, tantas veces cuestionado por mí, era el desenlace que la historia reclamaba. Comprendí que el tiempo también corrige la mirada del autor y le permite reconocer aquello que antes permanecía oculto.

En esas páginas encontré al muchacho que salió de su pueblo para estudiar en la capital y que un día decidió regresar. También encontré mis propias preguntas, mis dudas y mis pasos. Cada capítulo guardaba un fragmento del camino recorrido y una parte del país que he conocido mientras observaba a sus gentes.

Siempre he querido contar lo que veo y lo que la vida deposita frente a mis ojos. El mundo avanza con una rapidez que parece no conceder descanso. Por eso sigo escribiendo. Tal vez porque cada página ofrece la posibilidad de conservar una experiencia, una voz y un instante antes de que el tiempo continúe su viaje silencioso e inevitable para siempre.

Demuéstrame que estoy equivocado.

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