Hay preguntas que aparecen cuando el poder empieza a escuchar el reloj. No llegan con estruendo ni con titulares alarmistas. Llegan despacio, como llegan las preocupaciones verdaderamente importantes.
En el PRM esa pregunta ya circula entre funcionarios, legisladores y dirigentes medios con una mezcla de ansiedad y cálculo: quién podrá ganar la candidatura presidencial cuando el oficialismo deba enfrentarse a la prueba más difícil, que siempre es la sucesión.
Gobernar desgasta incluso a los partidos más organizados. El ejercicio del poder consume prestigio, paciencia y márgenes de error. Ningún gobierno administra solamente presupuestos y obras públicas.
También administra frustraciones, expectativas imposibles y conflictos que nunca aparecen en los discursos de campaña. Por eso resulta ingenuo pensar que la continuidad política depende únicamente de la popularidad del presente. Los electorados cambian de humor con una rapidez desconcertante. Lo que hoy parece estabilidad mañana puede convertirse en cansancio.
Dentro del PRM existen figuras preparadas, algunas con experiencia administrativa, otras con capacidad de comunicación y varias con estructuras internas importantes. El problema comienza cuando cada aspiración se convence de que el partido le pertenece moralmente. Ahí nacen las divisiones silenciosas, las alianzas discretas y las operaciones de desgaste que suelen ejecutarse lejos de los micrófonos. El país político conoce demasiado bien esas guerras internas donde todos sonríen en público mientras se neutralizan en privado.
Existe además otro riesgo contemporáneo: la confusión entre popularidad digital y liderazgo político. Las redes sociales producen una sensación engañosa de respaldo permanente. Un dirigente puede convertirse en tendencia durante semanas y, aun así, carecer de la serenidad necesaria para conducir un Estado. Gobernar no consiste en reaccionar rápido ante una cámara ni en dominar el algoritmo del día. Consiste en soportar presiones, negociar intereses enfrentados y tomar decisiones que muchas veces generan impopularidad inmediata.
El PRM tendrá que decidir si busca un candidato fabricado para las encuestas o una figura capaz de resistir el peso entero del poder. Son dos cosas distintas. La primera puede conquistar aplausos veloces. La segunda necesita experiencia, paciencia y una comprensión profunda del país real, ese que vive lejos de los actos multitudinarios y de las estrategias publicitarias.
La ciudadanía observa este proceso con más atención de la que muchos creen. El votante dominicano ha aprendido a desconfiar del entusiasmo artificial. Sabe distinguir cuándo un dirigente posee carácter y cuándo apenas interpreta un personaje electoral cuidadosamente diseñado. Y esa percepción termina influyendo más que cualquier campaña costosa.
Por eso la batalla más importante del PRM todavía no ocurre en las calles ni en las urnas. Ocurre dentro del propio partido, donde cada movimiento empieza a parecerse a una partida de ajedrez. Allí se decidirá si el oficialismo llega unido al futuro o si termina debilitándose por las mismas ambiciones que alguna vez lo hicieron crecer.
Convendría recordar algo que la política suele olvidar cuando se deja seducir por la euforia: los partidos no caen solamente por culpa de sus adversarios. Muchas veces se deterioran desde dentro, lentamente, mientras cada grupo calcula ventajas personales y descuida la estabilidad colectiva. El PRM todavía tiene tiempo para evitar ese desgaste prematuro, pero necesitará disciplina, inteligencia y una dosis poco frecuente de humildad. Porque al final, cuando terminan las campañas y desaparecen los asesores de imagen, queda únicamente la responsabilidad de gobernar un país complejo, desigual y cansado de los espectáculos vacíos. Esa será la verdadera prueba. Frente a una ciudadanía vigilante.
Demuéstrame que estoy equivocado…
