Estamos viviendo un cambio de época y una parte de los partidos políticos, todavía no entiende lo que está ocurriendo. Los políticos tradicionales continúan reuniéndose, contando dirigentes y hablando entre ellos, mientras una generación consume información y opinión desde plataformas que han cambiado la relación entre ciudadanía y poder.
Santiago Matías pertenece a este tiempo. Salió del barrio, construyó una empresa, desarrolló una audiencia y encontró un lenguaje que conecta con miles de jóvenes. Puede gustar o no, pero ignorarlo sería desconocer un fenómeno que ya tiene incidencia en la conversación pública. Por eso llama la atención que aparezca con alrededor de ocho por ciento en algunas encuestas, por encima de varios partidos minoritarios que cada proceso electoral negocia alianzas sin demostrar una cantidad significativa de votos.
Cualquier candidato presidencial debería observar ese dato antes de pensar que se trata de una moda pasajera. Todavía tendría que demostrar si puede transformar audiencia en organización política. Una candidatura requiere estructura territorial, delegados, financiamiento, programa y candidatos. Tener seguidores no garantiza votos. Pero tampoco permite afirmar que su influencia carece de importancia.
El dato que debería preocupar a los partidos es otro. En la encuesta de ACDmedia aparece que cerca del sesenta por ciento de los ciudadanos no expresa preferencia por ninguna organización política. Esa cifra explica mejor el surgimiento de figuras que hablan fuera de las estructuras tradicionales.
Mary Shelley publicó “El moderno Prometeo”, una novela que también plantea la responsabilidad de quien crea una obra y luego observa sus consecuencias. Cuando uno pregunta quién creó políticamente el fenómeno Alofoke, la respuesta obliga a mirar hacia los partidos tradicionales. Durante años dejaron de escuchar a jóvenes de los barrios, redujeron la participación a campañas, empleos y promesas, y se alejaron de quienes buscaban otra forma de ser escuchados.
Santiago Matías ocupó un espacio que otros abandonaron. Los políticos que hoy lo miran con desconfianza deberían preguntarse cuánto hicieron para que surgiera. Alofoke no apareció por casualidad. Fue posible porque una parte de la sociedad dejó de sentirse representada y encontró fuera de los partidos una voz que decidió escuchar. Esa es la discusión que muchos dirigentes prefieren evitar cuando analizan las encuestas recientes.
