Hoy cumplo 63 años. No es una edad redonda ni trágica, pero ya dice algo. No sé cuánto me queda, pero sí cuánto he vivido. Y con eso, honestamente, basta. Me casé una vez —fue suficiente—. Tengo dos hijas que han hecho más por mí que todos mis libros juntos. Un nieto que me recuerda cómo era vivir sin miedo. Y pocos amigos, los justos, los que elegí sin obligación ni favores. El resto es silencio. Y una biblioteca con más de doce mil libros que no sé si me sobrevivirá, pero que me ha salvado más veces de las que me atrevo a contar.
Escribo esto desde mi rincón frente a la mar, ese sitio que me guardé para morirme tranquilo. O tal vez estoy en una clase de doctorado en filosofía política en la UASD. Pero si estás leyendo esto, es probable que ya esté aquí, escuchando a las olas decir lo que los hombres no se atreven. A cierta edad uno ya no escribe para que lo lean. Escribe para no olvidarse de lo que siente y ha vivido.
Y lo que siento hoy, 9 de julio, es esto: no hay tiempo para nada más.
No hay tiempo para lo tibio. Para lo que no te sacude. Para esperar a que alguien te autorice la felicidad. No hay tiempo para los que restan, para los que te exprimen la energía disfrazando el desdén con cortesía. No hay tiempo para fingir entusiasmo ni para tragarse la rabia por educación. A los 63, uno ya no está para caer bien. Está para estar bien.
He aprendido que no siempre se gana, pero siempre se vive. Que el amor no se mendiga. Que los errores son tuyos y las lecciones también. Que los silencios dicen más que los discursos, y que a veces la única respuesta digna es irse. He aprendido que no todo lo que brilla es oro, y que vivir de verdad incluye días de sol, noches en vela y lágrimas sin motivo claro.
Si hoy, en mi cumpleaños, puedo darte un solo consejo, es este: vive como si fueras a morirte el martes que viene. Di lo que piensas. Pide perdón cuando lo sientas. Lárgate cuando no te quieran. El tiempo no se guarda, no se recupera, no se negocia. Y tú eres el único responsable de cómo lo usas. Y ríete —ríete con ganas— de los clientes que todavía creen que uno a esta edad trabaja por cenas o almuerzos, como si fuéramos muertos de hambre con tarjeta de presentación.
Camina al sol. Métete en la mar. Abre ese vino que llevas reservando años. Llama a quien echas de menos. Y si no te atreves, hazlo igual.
Porque no hay tiempo para nada más.
Porque este mundo es un sitio donde nadie sale vivo de él.
Y si has entendido esto, ya estás viviendo.
Yo también lo hago. Aunque no lo parezca.
Hoy es mi cumpleaños número 63.
