La demagogia se sostiene en la exageración, las promesas imposibles y la manipulación de las emociones. El político aparece en una tarima, levanta la voz, identifica adversarios, ofrece soluciones para problemas complejos y presenta una versión idealizada del país. Mientras, muchas veces se deja de lado la memoria sobre los hechos, las decisiones y los resultados de quienes han ocupado posiciones de poder. En el país la política lleva años alimentándose de esa dinámica: de la amnesia colectiva y de la facilidad con que algunos utilizan los espacios públicos para construir una imagen que rara vez coincide con sus acciones.
¿Hasta cuándo vamos a escuchar a políticos diciendo que son los únicos capaces de salvar el país? ¿Hasta cuándo vamos a soportar campañas en las que todos se presentan como personas intachables, víctimas de conspiraciones y defensores exclusivos del interés nacional, incluso cuando han tenido responsabilidades directas en los problemas que hoy denuncian?
Porque esa es una de las partes más irritantes de la política: la falta de rendición de cuentas. Hablan del futuro como si el pasado no existiera. Piden otra oportunidad sin explicar qué hicieron con la anterior. Algunos incluso tienen el descaro de presentarse como figuras renovadas después de décadas viviendo del Estado, cambiando de partido según les conviene y pronunciando discursos sobre moral pública sin responder por sus propias contradicciones.
No está mal que un partido diga que puede hacerlo mejor. Tampoco está mal reconocer errores y pedir perdón. Lo insoportable es la arrogancia del demagogo que convierte cada discurso en una demostración de superioridad moral, como si el país entero estuviera obligado a creerle. Sus propias palabras terminan revelando sus verdaderas intenciones. Prometen demasiado, exageran demasiado y, en ese exceso, dejan al descubierto lo que son. A veces uno se pregunta si nos hemos acostumbrado tanto al engaño que terminamos confundiendo inteligencia con manipulación.
El político demagogo no suele ser más inteligente que la sociedad. Lo que ocurre es que conoce mejor ciertas debilidades humanas: el cansancio, la necesidad y el miedo. Y mientras la ciudadanía siga escuchando discursos sin exigir explicaciones ni resultados, la demagogia seguirá ocupando un lugar central en la vida política.
