Somos así y así somos, como decía Cornelia Margarita, expertos en los extremos, según sea la conveniencia. Por eso, el don que llega al mediodía a su casa dice “Vieja, pásame ese chivito con su arrocito y pónmele encima su habichuelita con el aguacatico al lado y que no se te olvide el conconcito. Luego, sírveme el dulcito”. Tras esas instrucciones se quiere aparentar raciones moderadas ante un plato desbordante cuya altura desafía las reglas de la gravedad.
La dama dice “Me compré ese vestidito y de paso, unos zapaticos que le hacen juego”. Aunque se quiera empequeñecer, el cargo realizado a la tarjeta de crédito cuenta otra historia. El otro expresa “Nos vemos en un ratico”. “Espérame unos minuticos”. “Nos juntamos ahorita” “Me falta un poquito para llegar”. Expresiones que solo disimulan la proverbial impuntualidad del dominicano que calcula el tiempo de a poco para tardar de a mucho.
“Tuvimos un cancito y se puso una musiquita, luego compramos unas cervecitas y nos tomamos unos traguitos”. Nada que ver, la rumba fue tan grande que los vecinos en ese barrio no pudieron dormir y se lanzó la casa por la ventana con más de 100 invitados. “Me hice unos arreglitos en la cara y luego un poquito en el abdomen”. Hubiera sido cierto, si no se hubiera salido irreconocible de la experiencia. “Tomé unas vacacioncitas y aproveché para darme un viajecito”. Tan sencillo fue el paseo que las horas de avión ocuparon mucho de esos días.
“Solo gasté unos chelitos de una cuentecita qué tenía por ahí”. Traducción: El hoyo en el presupuesto es más profundo que la fosa de Milwaukee. “Déjame pasar a buscar ese chequecito”. Mejor ponerlo pequeño para que nadie quiera contar con él. “Doctor, el niño tiene una fiebrecita desde hace días”, cuando la temperatura nunca le bajó de 39 grados, pero es preferible reducir los efectos que admitir el descuido.
La doñita y la mamita son señoras entradas en edad, los amoritos son romances en toda la regla y el carrito, un vehículo del año. Y así vivimos en el autoengaño minimizando experiencias que se maximizan con la realidad. Paradójicamente los dominicanos, que somos tan dados a la exageración y no sabemos reír que no sea a carcajadas, no nos basta con un poquito porque preferimos un chin.
