El 24 de junio de 1947, el piloto civil Kenneth Arnold sobrevolaba en su avioneta Call Air 2 las estribaciones del Monte Rainier, en el estado de Washington, EE.UU. cuando vio nueve objetos brillantes que volaban a a más de 1,900 km/h, mientras los aviones de entonces apenas rozaban los 700 km.
Arnold hizo escala en Yakima y después se dirigió a la ciudad de Pendleton, estado de Oregón, donde intentó informar de su hallazgo al FBI, pero la oficina estaba cerrada, al día siguiente fue al periódico Eastern Oregonian, y habló con los periodistas Nolan Skiff y William Bequette, este último tomó una parte de las declaraciones de Arnold de que esos discos “volaban como platillos lanzados sobre el agua” y acuñó el concepto “flying saucers” (platillos voladores) en una gacetilla, pero como además era corresponsal de AP, envió un despacho que se reprodujo en varios diarios estadounidenses.
Así nació el mito más original del siglo XX, explotado por la ciencia ficción, por los comerciantes de misterios, por los charlatanes y adoptado por los crédulos de todas partes, porque a partir de ese momento los avistamientos de estos “platos voladores” se multiplicaron de manera exponencial, y se elaboraron las más sesudas o disparatadas teorías sobre su procedencia, hasta que se les atribuyó un origen extraterrestre.
Como los mitos no mueren, sino que permanecen en lo que el sicólogo Carl Gustav Young definió como “inconsciente colectivo”, los ovnis resurgen cada tanto, muchas veces utilizados por los gobiernos cuando se trata de desviar la atención de la opinión pública sobre determinados temas.
La pregunta de los crédulos suele ser obvia: ¿Tú crees que estamos solos en el universo?, y… es probable que no, pero hasta ahora nadie ha venido desde las estrellas para contactarnos, y cuando aparecen huellas de pastizales quemados esgrimidas como pruebas de supuestos aterrizajes, los que saben sonríen y niegan con la cabeza. ¿Cómo se pueden recorrer distancias astronómicas con motores de combustión interna, es decir, motores de gasolina?
El mito es una respuesta a la inquietud y al temor a lo desconocido que intenta explicar lo que se ignora y, como dice un viejo refrán: “Yo no creo en brujas ni en platos voladores, pero que los hay… los hay”.
