Las dimensiones filosóficas del tiempo figuran entre las preocupaciones de los grandes pensadores griegos como Platón y Aristóteles, continuaron en teólogos como san Agustín y Santo Tomás de Aquino y también formaron parte de las reflexiones de existencialistas como Heidegger, en cambio, para el genio matemático Isaac Newton tiene una dimensión absoluta y otra relativa; la primera fluye uniformemente, sin relación con nada externo, la segunda es una medida sensible y externa de la duración por medio del movimiento.
Para los viejos el tiempo es una sucesión de hechos y situaciones acumuladas, una infancia que recordamos de manera fragmentaria, una adolescencia que se aparece en la memoria con intensidad, y una madurez que nos parece demasiado extensa por la cantidad de recuerdos que podemos atesorar y hasta clasificar por años.
Es esa dimensión vital del tiempo la que nos acompaña y se refuerza cuando miramos fotografías viejas, cuando comprendemos finalmente que las ropas que usábamos parecen formar parte de un pasado remoto que hace realidad aquello de que moda es lo que nos parecerá risible dentro de algunos años.
Pero el tiempo es algo más, es una suma de instantes y de vivencias que han llevado a que seamos lo que somos en el presente, que verdaderamente es relativo porque mañana ya será pasado mientras esperamos un futuro que en la adolescencia parece tardar demasiado en llegar y en la vejez tememos que aparezca.
También es una devastación que envejece a las personas y marchita las flores para que se conviertan en semillas de las que nacerán los frutos que formarán parte del ciclo de la vida, porque precisamente el tiempo es la vida en movimiento.
En estas épocas globalizadas, cuando las urgencias cotidianas se multiplican y hay que correr para llegar temprano, hay que rendir en el trabajo para cumplir con las tareas y con las expectativas, y cuando el resultado final es la fatiga perpetua que ni los feriados ni las vacaciones pueden disipar, el tiempo tiene un valor mercantil, el carpe diem (aprovecha el día) se convierte en exigencia.
También es memoria, nostalgia, recuerdos amontonados, errores que forman la experiencia y, como lo define el Martín Fierro de José Hernández: “…el tiempo solo es tardanza/ de lo que está por venir”.
