La página en blanco

Todo escritor obligado a entregar un texto en un plazo determinado ha de haber sentido alguna vez el temor, y a veces el terror, de la página en blanco, esa sensación de que no hay nada en la mente que pueda servir para publicarse en un medio escrito y que sirva para algo, para entretener o poner al lector a pensar, para arrancarle una carcajada o para que se sienta molesto o enojado.

Para los periodistas la realidad casi siempre se presenta con suficiente riqueza de contenido como para sugerir varios temas, que se pueden ordenar según su importancia y, una vez elegido el principal, encerrarlo en las doscientas o trescientas palabras que el espacio asignado determina.

No siempre es la pobreza de la realidad cuando se padece de la falta de noticias importantes que comentar, suele suceder que un tema determinado, un hecho exacto que llama la atención de todos y del que todo el mundo habla, lleva a muchos redactores a buscar otra cosa, porque si ya todos están opinando, si son demasiados los que escriben sobre la misma cuestión, mejor ocuparse de otra cosa, y esa búsqueda suele durar hasta que el tiempo arrincona al redactor contra ese vacío espacio rectangular…

Muchas veces la causa de que la página permanezca incólume, desierta de palabras y de ideas, suele ser la procrastinación, que significa diferir, aplazar, dejar para después, un concepto que la sicología moderna relaciona con determinados traumas infantiles, con estados depresivos, con componentes anímicos como el tedio vital, y en esto hay mucha más tela para cortar.

Lo cierto es que esa especie de síndrome suele asaltarnos a todos alguna vez, y en el caso de los dominicanos el hecho de dejarlo todo para último momento es una costumbre proverbial que, según algunos expertos, forma parte de su idiosincrasia, pero quien esto escribe solo puede esgrimirlo como contagio, dado mi origen en lejanos litorales argentinos.

De todos modos, ya sea por el temor a una reprimenda de los jefes, por el compromiso superior con los lectores, por la obligación que uno mismo se autoimpone, la página en blanco jamás debe afrontarse con temor, sino más bien como un desafío, una lucha en la que la inteligencia es, si no la única, la mejor arma para salir airosos.

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