Las manos de mi madre amasaban la calma y la ternura que se tornaba dulce en cada pastelito, y se añadía crocante al chocolate que todavía vive en mi memoria en las tardes de invierno.
Mi madre tendía la ropa recién lavada y era como si entre sus dedos se filtraran hebras de sol que se adherían al brillo de la tela y se quedaban ahí, pegadas al olor a limpio que ella misma recogía en cada atardecer.
Mi madre cantaba canciones de cuna envejecidas que sonaban renovadas en su voz etérea, luminosas como las faroleras y las niñas peinadas con peinecito de oro que llamaban al sueño de mis hermanos pequeños, que inauguraban el silencio y ponían al viento a caminar sin zapatos por toda la casa, porque los niños estaban durmiendo.
Las manos de mi madre cocinaban la alegría del domingo en recetas antiguas que llenaban los platos de sazones y carnes, de salsas y de pastas que sabían a gloria después de una espera que se hacía eterna mientras esos prodigios maduraban y bullían siempre a fuego lento.
Pero ella era más que sus manos, más que su voz, era la presencia que llenaba la casa y establecía dominios, era la respuesta a las preguntas infantiles más curiosas y a veces más insólitas, porque su autoridad emanaba de su sabiduría que en aquel tiempo niño sonaba incuestionable.
Era también el libro que aconsejaba leer cuando aprendimos a deletrear, era el juguete que recogía del patio y la camisa que zurcía o remendaba y a veces la penitencia o la reconvención ante cualquier diablura, era el consejo atinado en los primeros devaneos amorosos de la adolescencia y la espera diligente ante las primeras salidas nocturnas, cuando creíamos que el mundo nos pertenecía.
Mi madre sigue ahí, aunque ha partido continúa estando, a veces es su voz que me despierta en madrugadas de lluvia, cuando el viento castiga los cristales iluminados por relámpagos.
Las madres, esa especie de ángeles bienhechores que acaso el Altísimo ha puesto en el mundo como dadoras y custodias de vida, como guardianas de la infancia y guías de la existencia humana, están siempre alrededor de cada uno, quizá como regalo de amor y como ejemplo para que aprendamos a amar y cuidar de nuestros hijos y nietos…
