El creció en un mundo que le exigía obediencia y yo aprendí la rebeldía desde mi infancia, él pensaba, quizá como todos, que el castigo servía para educar o para moldear conductas, yo mismo cometí ese error cuando me tocó ser padre y ahora lo entiendo, como él mismo lo entendió cuando le tocó ser abuelo, al fin de cuentas, nada es estático y hasta los viejos evolucionamos…
Hubo en esa larga cadena de desencuentros una serie de momentos tan luminosos que la memoria rescata como si fueran joyas, porque, aunque él fuera un campesino semianalfabeto trasplantado a una ciudad, tuvo durante toda su vida una conducta ejemplar, jamás se quedó a beber en un colmado ni llegó borracho a casa, nunca gastó su dinero en darse gustos personales y mantuvo a una familia numerosa con su oficio de albañil, y era tan bueno en lo suyo que cuando decidió laborar por cuenta propia jamás le faltó trabajo.
Tampoco faltaron en nuestra casa juguetitos nuevos en cada Navidad y Reyes, aprendimos juntos, ya en mi adultez, a tolerarnos, a entendernos, a disfrutar de Gardel y de las orquestas de tango que el peronismo de los años cuarenta y cincuenta elevó a la categoría de música de alta calidad, compartimos la pasión por el River Plate, archirrival de Boca Juniors, y festejamos los goles imposibles del “Príncipe Francescoli”.
A veces nos peleamos en mis sueños y cuando me despierto siento una especie de extraña comprensión, porque me esforcé demasiado a lo largo de mi vida por no parecérmele, y en ocasiones me le parezco demasiado.
Trato de imaginar cuánto le habrá costado lidiar con un hijo poeta y escritor que ganaba premios y salía en los periódicos, mientras él levantaba muros de ladrillos y colocaba pisos, o armaba vigas de hormigón y revestía paredes con azulejos, pienso cuán difícil debe de haber sido para su vida terriblemente dura, anónima y sin resonancia, tener un hijo militante que terminó en las cárceles de la dictadura.
Cuando empecé a intuir que detrás de su fachada de dureza se escondía un pobre muchachito sensible que venía de la más absoluta pobreza, del desamparo ejercido por un mundo que prefiere mantener en la ignorancia a la gente que trabaja, comencé también a entenderlo mejor, y fue más fácil la convivencia.
Ahora fantaseo con que me espera en la eternidad a la que se mudó hace tiempo, para compartir un vino y un asado, acaso un pan con mortadela, y abrazarnos sin decirnos nada, para qué, si hace ya mucho que nos lo dijimos todo…
