Navegaciones y regresos

La memoria puede compararse con un prodigioso vehículo que permite a las personas viajar al pasado, compartir recuerdos, recordar nociones aprendidas a lo largo de los años de escuela y de las tantas lecturas, o de experiencias vividas.

El combustible que hace posibles esos viajes se llama nostalgia, una palabra de origen griego cuya etimología consta de dos partes; nostos, que significa regresar a casa, y algia, que significa dolor, sin embargo, pese a este origen poco agradable cabe acotar que no toda evocación es triste ni dolorosa, es más, muchas veces en las charlas con los amigos del bachillerato suelen aparecer situaciones que parecían destinadas al olvido y al revivirse despiertan carcajadas.

Padres que narran las trastadas de sus hijos, viejos que recuerdan la metida de pata que hizo reír a una joven y dio origen a una relación que terminó en un matrimonio y de la que surgió una familia, disparatadas respuestas a preguntas de examen con las que nos quemamos en más de una materia, todo eso y más forma parte del bagaje que se acumula en la memoria, que compone la experiencia; concepto que según algunos es el nombre que damos a nuestras equivocaciones, o un conocimiento que se adquiere cuando ya es demasiado tarde, porque nos sirve de muy poco…
La memoria, la nostalgia, esa capacidad de viajar al pasado que tienen los seres humanos suele ser también el encuentro con el material que alimenta el espíritu cuando recordamos, por ejemplo, el poema que nos emocionó en la adolescencia y que nos obligamos a aprender a fuerza de leerlo y releerlo infinitud de veces, los compases de las canciones que nos conmueven de solo evocarlos, las letras con las que cantamos las primeras penas de amor y parecían escritas exactamente para nosotros.

La memoria es también un depósito de infinitas incógnitas, de cosas que quedaron sin entender porque éramos demasiado jóvenes para ello o porque nos estaba prohibido preguntar, libros que recordamos por el título o por la portada y que nunca leímos, interrogantes que preferimos no formular por discreción o por temor.

Los latinos en general tendemos a ser nostálgicos y memoriosos, acaso porque asumimos como cierto aquel adagio de que todo tiempo pasado fue mejor, o simplemente porque llevamos arraigado en lo recóndito del espíritu el mito del eterno retorno, esa promesa de regreso a los ayeres felices.

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