Diario del emprendedor

En la falda de la montaña todos miran hacia arriba, en espera de que una epifanía les ilumine para lograr esa idea novedosa y atractiva que haga, más que irresistible, imprescindible, su producto o servicio para el consumidor que quiere captar. De ahí surgen las inquietudes que, cual mariposas, revolotean en su cabeza ante la incertidumbre de si alcanzará la aceptación anhelada que lo separa de ese sueño que ahora concretiza, después de tantos titubeos e intentos fallidos. El reto es traducir en dinero los gustos de un público exigente que puede reaccionar de manera inesperada porque el éxito es una incógnita no asegurada.

Conociendo que prácticamente todo se ha inventado y que existen tantos competidores como arenas en el mar, arranca con más fe que arrojo en un proyecto cuyos resultados solo los dirá el tiempo en que se debatirá entre mantenerse firme, a pesar de los vendavales o permitir que la realidad se imponga para entonces, desistir. En el ínterin se imagina contando su experiencia de éxito y aconsejando a otros de lo que hizo para llegar a la cúspide.

Ha visto caer a varios que, como él, apostaron a un camino plagado de obstáculos y sucumbieron con los tropezones de las dificultades; sabe que es cuestión de perseverar, pero también de comprender cuándo se agotó el combustible. Le llevan muchas amarguras asimilar que el ánimo no es suficiente y a veces, hay que cambiar el rumbo y admitir que se es mejor recibiendo órdenes como empleado, que dándolas como pionero; le cuesta reconocer que es de sabios detenerse y dejar de insistir para no mostrar al resto que ha tenido que rendirse.

Ha invertido los ahorros de toda su vida para lograr un objetivo que desconoce si alcanzará. Mientras tiene su cabeza en el aire, los gastos financieros, de alquileres, laborales, de servicios permanentes y contingencias le sirven para zarandearlo y despertarlo de su ensoñación. No lo abandonan las dudas de si lo está haciendo bien y si ha valido la pena el sacrificio por las relaciones dejadas atrás, las invitaciones declinadas y abstenerse de muchas distracciones. Analiza, si puede economizar más para ser más rentable sin alterar la calidad o si cambia de estrategia, se asocia o lo hace solo, porque para contar con una clientela fiel no existe manual que descifre sus preferencias.

El castigo del emprendedor no es haber fracasado, es no haberse enterado de que está derrotado y, de todos modos, continuar. Tampoco su triunfo es haber alcanzado la cima, sino más bien, no permitirse disfrutarlo y, en su ambición, querer escalar otras montañas para repetir la hazaña e invertir su vida en el intento.

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