En la República Dominicana sobran partidos, pero aparentemente todavía faltan opciones.
La paradoja vuelve a hacerse visible con dos proyectos políticos que irrumpen casi al mismo tiempo desde extremos muy distintos: Dominicanos Primero, impulsado por el empresario y comunicador Santiago Matías, y el Partido del Poder Popular, nacido de la reunificación de la Fuerza de la Revolución y el Movimiento Caamañista.
No son dos siglas nuevas para agregar a la larga nómina de partidos. Son, a su manera, síntomas de una crisis de representatividad que los políticos deberían observar.
Sus posibilidades electorales son muy distintas y también lo son las repúblicas que parecen imaginar.
El Partido del Poder Popular aparece desde un lugar reconocible. Sus dirigentes reivindican la izquierda, la soberanía nacional y una tradición política construida alrededor de ideas que marcaron buena parte del siglo XX. Su desafío resulta evidente: traducir ese lenguaje y esa memoria a una sociedad distinta de aquella en la que se formaron. No basta con conservar una identidad; tendrán que demostrar que esa identidad puede hablar y motivar a generaciones para las cuales la Guerra Fría, las grandes disputas ideológicas y buena parte de las referencias de la izquierda pertenecen a un pasado casi desconocido.
Dominicanos Primero surge exactamente desde el otro extremo. Santiago Matías no proviene de la militancia tradicional ni necesita construir notoriedad desde lo partidario. Llega con algo que muchos partidos quisieran tener: audiencia, comunidad, capacidad de movilización y una relación directa con segmentos sociales que consumen la política en las dosis que dicta el algoritmo.
Unos todavía creen en el comité de base y en el partido ideológico; los otros, en la viralidad de las redes. Unos vienen de la escuela de cuadros; los otros de la comunidad digital. Unos hablan de socialismo, soberanía y transformación; los otros convierten seguidores en potenciales electores.
Aquí la militancia puede ser menos ideológica y más emocional; menos vinculada a una estructura y más identificada con una figura. Es parte de una transformación internacional de la política, donde quienes han aprendido a mover audiencias descubren que también pueden intentar mover electores.
Pero querer un partido no es tenerlo. La legislación exige, entre otros requisitos, el respaldo equivalente al 2 % de los votos válidos de la última elección presidencial. Tomando como referencia los 4,365,147 votos válidos de 2024, hablamos de unos 87,303 respaldos cuya validez deberá comprobar la Junta Central Electoral, además de verificar estructuras.
Pero el asunto no está en el expediente. Está en lo que representan. De un lado, una organización que pretende regresar a la política desde la ideología. Del otro, una que intenta entrar a ella desde el streaming.
Quizás por eso conviene observarlas. Cuando en un sistema con tantas organizaciones aparecen dos fuerzas nuevas desde extremos tan diferentes, la pregunta no es solamente por qué nacen dos partidos más.
La pregunta es qué dejaron de representar los que ya estaban.
