El presidente de la República ofreció muy buenas noticias el pasado 27 de Febrero en su rendición de cuentas ante el Congreso y hubo satisfacciones por las medidas orientadas a mejorar la vida de la gente, como los aumentos salariales de los empleados públicos, el proyecto para reformar la ley 87-01 para elevar la rentabilidad de las pensiones, el establecimiento de un nuevo régimen de reporte impositivo para los pequeños negocios, la ampliación de las coberturas para las enfermedades terminables de los más disminuidos, etcétera.
Pero su afirmación de que se ha reducido el índice de criminalidad a sólo 10.4%, desde 2012, cuando era de un 24%, ha merecido desaprobación, al margen de que dijera que es consciente de que esas cifras “no alivian la preocupación en los hogares cuando se produce un hecho de violencia, ni mucho menos consuelan a las familias de los afectados”.
En realidad, la inseguridad es la principal preocupación de los dominicanos que desean vivir tranquilos, sin el angustiante temor de que pueden resultar asaltados o asesinados en algún momento. Es mortificante.
Hubiese sido preferible que simplemente se quedara en comunicar el esfuerzo que hacen las agencias de vigilancia para tratar de atenuar las acciones criminales. Ciertamente, algunas medidas han impactado de manera positiva, como la video vigilancia del 911, pero habría que ver qué tanto ayudan en la prevención de la violencia.
Es el aspecto fundamental. Porque si bien ayuda para identificar a los criminales, de poco sirve cuando el daño está hecho, sin posibilidades de reparación, porque no siempre la justicia completa el ciclo de la sanción condigna.
Ayer nomás recibimos el dato de que en la misma noche del 27 de febrero varios delincuentes asaltaron a un grupo de inocentes que celebraban en un parque de una zona residencial. Igual, como si fuese una respuesta del crimen al Presidente, los asesinos les arrebataron la vida a tres personas.
Alcanzar la seguridad seguirá siendo un propósito. Una meta. No hay cifras que tiendan a disminuir el miedo a un asalto, en calles, caminos, parques o en las mismas viviendas.
Eso hay que pararlo.
