Ahora el Partido Reformista Social Cristiano (PRSC) plantea la necesidad de una reforma constitucional, después del largo estrés vivido por la nación recientemente.
Es verdad que esta, la Dominicana, es una República rocambolesca, donde un día se baila un ritmo y al otro día algo diferente, o parecido, pero que expresa el verdadero sentido del anterior. Un comportamiento guabinoso, parecido al almidón o a la gelatina, o más propiamente, a la guabina misma.
Plantear ahora o en los días próximos una propuesta de reforma de la Constitución es un contrasentido, aunque mañana mismo se convierta en realidad, lo que no sería raro en la escuela de las artimañas y las dobles agendas.
Pasado el estrés con vocación traumática del ejercicio de reforma forzosa de la Constitución, lo más adecuado sería que el liderazgo político se concentre en las tareas propias que tiene por delante, que es la organización de las primarias en sus organizaciones políticas.
Trabajar para que las mismas se celebren como manda la ley, en un ambiente democrático y participativo, y que los partidos escojan a quienes entiendan como los mejores representantes para concurrir a las elecciones del año que viene.
La próxima legislatura debe empezar el 16 de agosto, y el período se presta para la jugada. Una suerte de compensación tardía.
Una reforma constitucional, si de verdad se fundamenta en nobles propósitos de mejoría de las instituciones, requiere tiempo, y especialmente un clima adecuado. Es necesario que la gente sea escuchada, que la sociedad en su más alta diversidad pueda expresarse sobre todas esas ideas que recién acaban de anidarse entre los dirigentes reformistas, que iluminados, se confiesan creyentes de la impostergable necesidad de zarandear la Constitución.
Es que no se dan cuenta que cada asunto tiene su tiempo y lugar. Que no se puede jugar cartas como si la República fuese una mesa de póker, con todas o parte de las cartas ocultas, con apuestas a la mejor combinación.
Estos reformistas tardíos no deben pretender retrotraernos a la tensión que acabamos de superar. La República de carne y huesos quiere tranquilidad.
