La guerra en Ucrania cumple mañana un año, sin la menor señal de que se aproxime a un final; por el contrario, diría un dominicano en lenguaje coloquial que está “como el primer guandul” y en su punto de mayor escalamiento.

Penosa realidad la del pueblo ucraniano que es el que más padece; el que pone la mayor cantidad de muertos, desplazados y refugiados. Ha sido su territorio el que han tomado prestado para rejuegos de la geopolítica mundial.

Vista por sus resultados, además de generar horror y destrucción, esa guerra ha sido fuente para grandes negocios económicos, en especial de la industria armamentista.

Señuelo y laboratorio, comprobado en dos hechos trascendidos en los últimos días: vendedores de armas rusas “probadas” en la guerra de Ucrania las ofertan en la feria IDEX en Abu Dhabi, Emiratos Árabes Unidos. Más de 200 armas, desde tanques hasta defensa antiaérea y municiones, vendidos “como pan caliente” por su efectividad ya comprobada en la práctica.

Del lado de Estados Unidos, el ganador del Pulitzer, Seymour Hersh, afirma que por orden de Biden fueron volados tres de los cuatro oleoductos Nord Stream entre Rusia y Alemania, una operación que “le permitiría vender mucho más de su propio gas natural a Europa”, afirma.

Solo dos ejemplos que retratan cómo se sacan beneficios de la guerra.

Resulta tan buen negocio, que en la reciente Conferencia de Seguridad de Múnich, tanto la Unión Europea como Estados Unidos acordaron incrementar y acelerar el apoyo militar a Zelensky.

Como el primer aniversario de esta guerra insensata, así la califica el papa Francisco, llega sin el menor amago de una negociación, y con todas las condiciones para que se prolongue, los amantes de la paz deben estrechar filas junto al Santo Padre, el único liderazgo mundial que se yergue por encima de las pasiones, sin sesgo ni hipocresía, para que ilumine las mentes de quienes tienen el poder de acallar las armas y poner fin de inmediato a esta conflagración.

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