PPocos adjetivos son de mayor uso en nuestro país que el de loco, el que se ha sustantivizado y es omnipresente en cada conversación. Por eso, no extraña que se le encuentre frecuentemente con diversos contextos: “!Tú estás loco!” que no significa estar demente, sino ser atrevido y no pensar mucho las cosas antes de hacerlas ni medir sus consecuencias. “Loco por llegar” expresión que denota desesperación para arribar al destino; “loco viejo” atribuido al que anda por la vida campante e irresponsablemente sin nada que perder y actúa de manera despreocupada sin muchas aspiraciones existenciales.
“Eso está loquísimo” cuando es superlativo responde a lo que que se considera extraordinario, fuera de lo común; si se expresa: “loco, ven a buscarme” es sinónimo de confianza para llamar al amigo, igual que “ese loco es una estrella” o “loco, te la luciste” para manifestarle que tiene un talento que sale del montón, por lo que es piropo, no insulto. “Hacerse el loco” es pasar de largo y aparentar no haberse dado cuenta para que otro sea quien asuma una responsabilidad.
El que está loco de amor está perdidamente enamorado, sin poner límites al sentimiento; “un día loco” es aquel inesperado, intenso e impredecible. “Durar más que un loco” para una cosa o situación que se prolonga en el tiempo, como la vida terrenal del demente que habita sin preocupaciones porque no existen en su mente. “Loco de atar”, lejos de aludir al desquiciado, se reserva al incontrolable, al igual que “ese maldito loco”; sin embargo, el “loco de remate” es aquel extrovertido con gran desinhibición y falta de límites que lo hacen apartarse de lo razonable, semejante al “galloloquismo” destinado a quien, como esa ave, rueda sin definición o cambia con facilidad.
La mujer ligera de cascos es una loca, el hombre que gasta sin miramientos y se aventura en empresas imposibles es otro loco; el que trabaja demasiado y al que es tremendamente creativo también se le llama así, como señal de admiración por no conformarse con lo ordinario y destacarse del resto.
La facilidad de que un tema tan serio como el psiquiátrico se tome a broma y sirva para denominar cuanta actitud sea inexplicable, fuera de lo usual o de los parámetros de normalidad, representa una clara estampa dominicana de relativizarlo todo, de no apreciar los problemas mentales con la gravedad que ameritan para que solo sean motivo de burla. Bien decía el Dr. Zaglul en su famoso libro experiencial “Mis 500 locos: “Lo que nos hace diferenciarnos de los irracionales, es el juicio, y cuando este se pierde, entonces al resto de los mortales le produce hilaridad”.
