El nuevo liderazgo

En la política y el mundo empresarial los otrora líderes mesiánicos han desaparecido para dar paso a un dirigente más humano, que cuando yerre, se disculpe, que exprese sus emociones, llore, ríe y se disguste, como lo haría cualquiera y no tema seguir sus impulsos, aunque pierda las formas y se arrepienta luego. Que no tema abrazar o besar y demostrar que es de carne y hueso, que tiene una familia, con las debilidades y preocupaciones propias del resto de los mortales. Que, si tiene que descender para colocarse al nivel de los demás, lo haga gustoso y dispuesto porque no entienda que afecta su imagen; que se muestre tal cual es, sin que fuera tachado de débil, aunque sí de real y accesible; que, si fuere necesario, realice los sacrificios que otros consideren indignos con la compostura que se precise.

Nos hemos acostumbrado a esas figuras intocables rodeadas de un anillo que las convertía en inalcanzables para el ciudadano común, que desde su lejano pedestal eran místicos, como si tuvieran poderes extraordinarios de los que carecía el resto, con atributos sobrenaturales cual si fueren elegidos por la providencia. ¿Cómo olvidar el histrionismo de Peña Gómez con sus discursos fogosos que enardecían a las multitudes, desatando tales pasiones que, sin términos medios, se le adoraba o se le aborrecía? o ¿la parsimonia de Balaguer que, bajo la apariencia de un hombrecillo diminuto, guardaba un cerebro capaz de pasar por debajo del radar del “Jefe” y que supo dominar el país, aun a una edad avanzada? ¿Qué decir de un Juan Bosh, enérgico defensor de sus ideales ante una sociedad conservadora, cuyas convicciones aún son un referente?

Pudiera pensarse que esa áurea de aquellos hombres que resultaron cruciales en los destinos nacionales -al nivel de que algunos prácticamente los canonicen- continúa siendo necesaria en los tiempos que corren, en que campea la indiferencia, sin embargo, atrás quedaron los seguidores ciegos de idolatría que justificaban todo, cubriéndolos de impunidad, ya que los cambios exigen un dirigente adaptable que demuestre mayor sensibilidad, con el que cada uno pueda sentirse identificado y que demuestre tener los mismos conflictos existenciales que la mayoría.

En resumidas cuentas, se requiere alguien cercano que se parezca al compañero de curso, a un vecino o a un familiar, con virtudes y defectos, (más las primeras que los segundos). No se necesita un autómata, tan perfecto como falso, con un discurso impecable que conmueva; en su lugar, se busca un alma palpitante tan parecida a nosotros como reflejo en el espejo, al punto de que, cuando se analicen sus decisiones, pueda expresarse: “yo hubiera hecho lo mismo en su lugar”.

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