En nuestro país, conseguir un simple papel de un organismo oficial parece una prueba de resistencia física, mental y espiritual. Uno sale con una carpeta bajo el brazo, una botellita de agua y dos copias de su cédula, tres sellos, cargado de la ingenua esperanza de “hoy sí resuelvo”. Pero el dominicano sabe, aunque no lo admita, que toda gestión oficial tiene un componente de viacrucis moderno que resulta una mezcla de burocracia colonial, improvisación tropical y deporte extremo. Ahora tenemos más tecnología, oficinas con aire acondicionado, redes, digitalización y páginas web, pero todo es más caro, lento y difícil.
Paradojas de lo autóctono, que en los últimos años hemos retrocedido a la época de lo análogo con precio de lo digital. Cada agencia del gobierno parece una isla perdida en el Caribe digital. Se actúa como si no existiera comunicación entre agencias del gobierno. Hace falta un acta de nacimiento como si con el tiempo su fecha natal mudara de datos y esto para comprobar lo que debe ser obra de un contacto digital con la JCE, que bien pudiera cobrarse sin el esfuerzo titánico de ir a sacar una copia. Las entregas, cuando se ha podido saltar con alguna garrocha mágica todos los obstáculos posibles le dicen: “vuelva en 10 días laborables” lo que obliga a calcular y confiésese con “mariasantísima” para que usted logre empatar esa fecha con su lógica de calendario. En este círculo burocrático usted salta de ventanilla en ventanilla como trompo mareado. En teoría vivimos en la época de interconexión digital, pero en la práctica cada oficina actúa como reino independiente, con protocolos propios, horarios misteriosos y sistemas que “se caen” más que un boxeador novato. “Se cayó el sistema”, forma parte del patrimonio cultural y parece inscrito en el escudo nacional, debajo de la palma y el crucifijo. Se carga papeles como mensajero medieval o como chofer, archivista y relacionador público de su propio expediente. El ciudadano desarrolla habilidades de súper héroe: paciencia de santo, memoria de elefante y sicología de mago para saber cuál empleado y “cómo”, resuelve. Siempre hay uno o una, con cara de cansancio histórico que resuelve en 5 minutos lo que otros complicaron en 3 semanas. Y aun así el criollo resiste.
Hace filas bajo nuestro sol tropical, persigue firmas, paga servicios de copiadoras (convenientemente ubicadas) porque en nuestro país la perseverancia no se aprende en libros de superación personal; se aprende tratando de sacar un papel. Ante todos estos obstáculos surge, en terreno abonado, el “bucón” que con “magia” consigue en horas lo que a usted le toma semanas y todo por precio más barato que su escaso tiempo. No se ha comprendido que el modernismo y la calidad de vida, no están emparejadas con edificios de muchos cristales ni aplicaciones móviles que no abren o se “frisan”. Que el ciudadano no tenga que peregrinar por la ciudad ni en otro pueblo, en busca de una información que duerme en una computadora. El dominicano no debería ser puente entre oficinas, porque no hay burocracia, sino desorganización con sello oficial. Mientras esto cambia, el dominicano seguirá “joceando” documentos con una mezcla de fe cristiana, resignación campesina y espíritu de expedicionario, porque conseguir un documento no es un trámite: es aventura nacional.
