En estos días, recibimos en el país a la escritora Irene Vallejo, filóloga con una trayectoria importante en el mundo intelectual y autora de “El infinito en un junco”, una obra que se ha convertido en uno de los grandes fenómenos de la literatura española.
Resulta interesante saber que, antes de este bestseller, vivió muchos momentos de incertidumbre y dificultades. Fue en medio de esa situación que escribió esta obra literaria que ha marcado a cientos de personas en el mundo.
Mi esposo Máximo es uno de sus seguidores y, como asiduo lector -cual ratón de biblioteca-, las maravillas que plasma en esta obra hacen que cualquiera desee leerla.
Volviendo a la visita de Irene, ella ha mencionado en una de las tantas entrevistas que ofreció que “en las redes sociales y la conversación pública, el ruido cada vez ocupa mayor espacio; parece que hace falta gritar para que te escuchen, para destacar por encima de otras voces”, y define con estas declaraciones lo que vivimos hoy día. En la época del ruido digital y la “comunicación brutalista”, se hace evidente la necesidad de una nueva forma de comunicación que trascienda la mera provocación. La audacia de escribir y crear debe ir acompañada de responsabilidad, especialmente en la era de las redes sociales, donde cada palabra puede generar reacciones explosivas.
Lo que describe Vallejo como “comunicación brutalista” no es algo exclusivo de una parte de la sociedad -ni de una clase social-, ya que, como cita la escritora, se está utilizando políticamente en muchos países: “La fuerza, la agresividad, candidatos que, en lugar de reconciliar, intentan fomentar la división, la polarización y también el conflicto, las fricciones y las guerras culturales.”
Lo que es peor es que esta tendencia no solo refleja una estrategia de consumo político, sino que también tiene profundas repercusiones en la cohesión social. Esto lleva a muchos a pensar: “si nuestros políticos lo hacen, ¿por qué nosotros no podemos?”. En un mundo que parece cada vez más polarizado, las palabras elegidas cuidadosamente tienen el poder de reconstruir puentes o, por el contrario, de profundizar abismos. Hay ejemplos sobre esta teoría. La escritura, en su esencia más pura, debe ser un acto de valentía, sí, pero también de cuidado, tal y como nos invita a reflexionar la escritora española. En un panorama donde el ruido parece dominar, la propuesta de Vallejo es clara: sigamos sembrando palabras que inspiren.
