En 2015, un CEO de Seattle hizo algo que el mundo empresarial no supo si aplaudir o condenar, y eso es para mí fascinante.
Te quiero contar la historia de Dan Price, que dirigía Gravity Payments, una procesadora de pagos mediana, sin nada extraordinario en su historia… hasta que un día anunció que todos sus empleados ganarían mínimo 70,000 dólares al año. Todos. Sin importar el cargo. Y para pagarlo, se recortó su propio sueldo de un millón de dólares al mismo nivel.
Le dijeron que era un comunista, y que quebraría en seis meses, muchos lo apoyaron, menos dos ejecutivos que renunciaron en protesta.
Algunos clientes se fueron, escandalizados.
Y, como era de esperarse, el mercado apostó en su contra. Pero, lo que vino después de estudia en una de las universidades más prestigiosas del mundo: Harvard.
Los ingresos se triplicaron. La base de clientes se duplicó. El 70% de sus empleados pagaron deudas que arrastraban desde hacía años. Muchos compraron su primera casa. Las contribuciones al plan de retiro crecieron un 155%. La rotación de personal cayó a la mitad. En fin; una empresa que el mundo financiero quería ver caer, floreció.
Cuando llegó la pandemia y los ingresos se desplomaron, el 98% de los empleados aceptaron voluntariamente recortarse el sueldo para salvar la empresa. Algunos trabajaron gratis.
Y eso (la lealtad) no se compra ni se impone, se construye, despacio, cuando alguien siente que importa de verdad.
Y aquí está lo que me sigue dando vueltas en la cabeza: lo más poderoso de todo esto no fue la decisión financiera, para mí fue la pregunta que alguien tuvo que haberse hecho antes de tomarla. ¿Están bien? ¿Pueden vivir con dignidad? ¿El crecimiento de esta empresa también los está creciendo a ellos? Esa pregunta es la que separa a quienes construyen negocios de quienes construyen algo que vale el esfuerzo.
Hoy las empresas compiten por automatizar, escalar, reducir costos. Los algoritmos escriben, diseñan, predicen. Y en medio de esa carrera, la tentación de ver a las personas como un costo que minimizar es más real que nunca. Yo entiendo la lógica. La he visto operar de cerca. Y precisamente por eso me preocupa.
Pero hay otra manera de mirar esto; La tecnología puede quitarle a la gente la carga de lo mecánico y devolverle espacio para lo que ningún algoritmo puede hacer: crear con intención, conectar de verdad, cuidar, decidir con conciencia. A eso le llamo Humanocentria; Que no es mas que la convicción de que el progreso real no se mide solo en cifras, sino en si las personas que construyeron esas cifras también florecieron en el proceso.
Dan Price no tenía un framework. Tenía una brújula, un compás moral y humano, que pocos escuchan. Y a veces eso es todo lo que hace falta.
