Florecer entre ruido y barro. (Islamofobia y otros miedos)

Con asombro, y también con cierta decepción, en estos días he sentido la necesidad de escribir sobre algo que me removió por dentro: La narrativa de odio hacia los musulmanes, esa práctica odiosa a la que recurrimos a veces, para justificar el odio a lo diferente, que se disfraza de muchas cosas y que al final es desprecio.

No es un tema ajeno. No es un tema lejano, ni de hace 24 años, a propósito del 11 de septiembre; en los últimos días, tras la elección de Zorhan Mamdani como alcalde de Nueva York, y la noticia de la mezquita que se construirá en la isla, he visto en redes sociales una avalancha de comentarios cargados de prejuicio. Algunos disfrazados de humor, otros de miedo, y muchos envueltos en una fe mal entendida.

Me sorprende (y me duele) ver con qué naturalidad se reproduce la islamofobia, incluso entre personas que se declaran cristianas. Como si rezar en otro idioma o mirar hacia otra dirección al orar bastara para burlarse, temer o rechazar.

La historia lo confirma: este tipo de miedo no nace de la nada. Desde los atentados del 11 de septiembre, la imagen del “musulmán peligroso” se volvió un símbolo útil para intereses políticos. Sirvió para justificar guerras, reforzar fronteras, consolidar poder. Se ha presentado al islam no como una religión peligrosa, pero si así fuera los dos mil millones de practicante (el 25% de la población mundial) nos mantendrían en vilo.

La verdad es que detrás de esa caricatura hay millones de personas que nada tienen que ver con el extremismo. Mujeres, hombres que estudian, que trabajan, que crían hijos. Que rezan, que enseñan, que construyen comunidades. Personas comunes que, como tú o como yo, solo quieren vivir en paz.

Lo más contradictorio es que muchos de los discursos de odio provienen de quienes aseguran defender valores cristianos. Y ahí es donde se me parte el alma. Porque la esencia del cristianismo (como la del islam, el judaísmo o cualquier fe auténtica) es la compasión. Jesús no enseñó a temer al otro, sino a amarlo. No pidió pureza de ritos, sino pureza de corazón.

Burlarse de una mujer con velo, de un hombre que ora de rodillas o de un niño que no come cerdo no nos hace más modernos, ni más libres: Nos hace más frágiles.

La fe verdadera no necesita enemigos para sostenerse. No florece desde el desprecio, sino desde la certeza de que todos compartimos una dignidad que no depende del nombre con que llamemos a Dios, sino de nuestra convicción humana más profunda.

En medio de mi tristeza me llega un escrito sobre la flor de loto, y pienso que, aunque el mundo está lleno de ruido, también hay flores que crecen en el barro. La flor de loto no reniega del lodo del que nace: Lo convierte en belleza. Si ella puede florecer en medio del barro, nosotros también podemos hacerlo en medio del miedo. Y elegir, cada día, la humanidad por encima del odio, y el miedo.

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