Apesar de la lejanía de las elecciones, dominicanos y extranjeros me han preguntado, con angustia los primeros y curiosidad los segundos, qué podría esperarse del proceso electoral, si será violento o si la oposición recuperará el gobierno.
Cuando me formulan este tipo de inquietud, suelo recordarles que al no ser adivino me es imposible leer el futuro y anticiparme a los hechos. Al igual como ocurre en una partida de ajedrez, las posibilidades de los jugadores políticos se analizan a partir de la posición de sus piezas. No en base a especulaciones respecto a lo que hará uno o piensa hacer el otro. Y como el gobierno juega con las blancas, le resulta fácil preservar la iniciativa proveniente del privilegio de hacer el primer movimiento. Una ventaja estratégica o posicional que permite a veces hacer sacrificios, entregando fuerzas a cambio de mejorar su libertad de acción y reducir así los movimientos del contrario.
Sobre esa base es prematuro hacer predicciones. Todo dependerá de cómo operen los procesos de reconciliación en la oposición, donde los disgustos pueden jugar un papel determinante. Pero sobre todo cuando quede definido el cuadro electoral, con la elección del candidato del partido gobernante.
El hecho es que los factores pendientes de definir son fundamentales, sin los cuales resulta muy especulativo entrar en el campo de las especulaciones o los pronósticos. Para muchos analistas políticos ni siquiera en la Fuerza del Pueblo la competencia electoral está decidida, por una posibilidad, aunque muy remota, de que el heredero del trono asumiera la sucesión ante el alto nivel de rechazo del monarca.
Visto en perspectiva, la aparente imposibilidad de una reunificación opositora sigue siendo el punto fuerte del oficialismo.
