Un ejercicio de objetividad

El Gobierno no es todo lo bueno que los funcionarios dicen ni todo lo malo que la oposición y algunos sectores empresariales creen. Pero el “cambio” ha tenido logros verdaderos en el área de la macroeconomía y sus planes en el campo de la tecnología son prometedores y están concebidos con una amplia visión de futuro.

La estabilidad económica de los últimos seis años es un hecho, no una teoría. Algo que puede reivindicar como un aporte real, a despecho de las mezquindades políticas. Mismo pueden reclamar quienes les precedieron. La estabilidad económica y la paz que garantiza nos han permitido avanzar en medio de la creciente incertidumbre en el ámbito internacional.

No todo, sin embargo, es color de rosa. Hay muchas quejas relacionadas con la inseguridad ciudadana, el desempleo, los servicios públicos que brinda el Estado, la energía eléctrica, el transporte público y el gasto social, a pesar de las fuertes sumas que se invierten en esta última área. Sigue habiendo pobreza, no hambre, y los niveles de insatisfacción se acentúan conforme pasa el tiempo.

De todas maneras, un buen o mal gobierno resulta por lo general producto de las circunstancias. El balance final que determinará la nota que habrá de dársele al actual solo se tendrá cuando llegue la hora de hacerlo. Aún le queda un largo trecho por recorrer, lo cual le concede la oportunidad de cambiar el rumbo allí donde se haga necesario.

El temor de que el proceso electoral desvíe las prioridades, como tantas veces en el pasado, y nos empantane en el fangoso sendero del clientelismo, bajo la traicionera ilusión del aplauso y un poder que en el fondo es tan fugaz como un suspiro, parece estar descartado por la imposibilidad de una nueva reelección. Una ruta equivocada que tantas veces llenó de trampas y decepciones el final de las anteriores.

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