Tratar de que se reconozca el valor de un servicio cuyo monto es indeterminado porque no resulta tan obvio a los ojos humanos (como sí lo es lo material) es más complicado y frustrante que tratar de arar en el mar o sembrar en la arena. Sin importar el tiempo empleado, la calidad del resultado o lo tortuoso del camino para recorrerlo, una vez concluido el trayecto y satisfecha la necesidad requerida, se empequeñecen los logros y comienzan los cuestionamientos al monto final.
Como al comerciante -a diferencia del profesional liberal- se le compra la mercancía sin mayores disquisiciones del origen de lo adquirido que dependerá usualmente de la cadena de producción, la decisión final se circunscribe a que le compren o no. A lo mejor le bastó un simple ejercicio de obtenerla a 10 para venderla por 20 para alcanzar cuantiosas ganancias o a haber logrado conexión con la necesidad de un público determinado. Sin embargo, sin pretender restarle méritos a su esfuerzo, es poco probable que sea sometido a interpelación de por qué fijó una suma específica o tuviera que explicar cómo llegó a esa cantidad y por qué se considera merecedor de ella.
En cambio, el que ofrece una actividad propia de sus conocimientos tiene que justificar el monto de lo que solicita por su ejecución en una lucha constante de incomprensión donde la sombra de la inconformidad sigue gravitando en el ambiente, por más detalles informativos que medien, entre el trabajo realizado y el pago de lo justo. Resulta muy difícil de asimilar y posteriormente, comprender que aquello que luce sencillo para el profano es el producto de muchos años de estudio, de horas de reflexión y de múltiples ensayos que llevaron a que lo complicado se convirtiera en simple y a marcar la diferencia entre el éxito o el fracaso de la gestión encomendada.
En efecto ¿cuánto cuesta una idea genial que encausó una campaña promocional? ¿Qué precio se le asigna a una estrategia bien articulada que conducirá al objetivo esperado? ¿Cómo se evalúa una defensa adecuada que protegió unos intereses expuestos? ¿Cómo se le pone precio al conocimiento, a la experiencia, al esfuerzo o a las horas de sueño perdidas en la búsqueda de la solución? Entonces, lo que se paga no es el tiempo invertido para resolver un asunto, sino todos los años que le precedieron de girar páginas a la izquierda para saber cómo hacerlo, la experiencia acumulada para identificar lo que resulte eficiente, la observación en la práctica y la concentración de aprenderse la ruta para arribar a un puerto seguro porque habrá muchos marineros en la tripulación, pero pocos capitanes.
