Mejor que otros

En Perú en los últimos 25 años han desfilado más de 10 presidentes, muchos de los cuales no completaron su período (algunos no llegaron a un año) o terminaron ante la justicia, desde Fujimori, pasando por Humala, Toledo o García, que sucumbió ante la inminencia de su sometimiento. Los 4 de la última década en Ecuador nos contaron sus propias historias que no estuvieron exentas de escándalos, comenzando con el impetuoso Correa al que sucedieron Moreno, Lasso y Noboa. Los de Bolivia, con un Evo Morales caído en desgracia que conformó la triada junto a Añez y Arce. En Colombia, entre las luchas contra las guerrillas y el narco, de los últimos 10 mandatarios, los sobresaltos no tienen fin cuando uno de ellos, Uribe, fue recientemente absuelto por acusaciones promovidas por otro, entre episodios no menos preocupantes, como el del asesinato de un candidato que comparte su mismo apellido.

Argentina -como vehículo de giros hacia la derecha e izquierda- con un recorrido que arrancó con el abandono del poder de De La Rúa para dar paso a 4 que ocuparon su lugar en 3 años, luego llegar la era del kitcherismo, seguida por Macri hasta instalarse Milei, con su personalidad peculiar. Chile con 6 presidentes después de Pinochet fluctuando entre los vaivenes de sus mandatos, en tanto que Sánchez Cerén y Bukele han gobernado El Salvador por los últimos 10 años, este último con un estilo propio que no ha dejado a nadie indiferente, entre admiración y rechazo. Ni el coloso del Norte se ha salvado de tantos saltos de un extremo al otro, sumergido en idas y retornos, temas de salud mental y decisiones controversiales que impactan el planeta completo.

En contraste, están los inamovibles de siempre que se perpetúan en el poder por razones de todos conocidas: la hegemonía de los Ortega de Nicaragua que comenzó en los ochentas y se reeditó en el 2007 hasta nuestros días (y contando) con una formula inédita de cogobierno; el binomio Chávez-Maduro ocupando todo lo que va de siglo en Venezuela causando estragos que se sienten en todo el continente y más allá y la dinastía de los Castro que se perpetúa con sus sucesores y sigue tan campante como el whisky aquel.

Sin embargo, entre las turbulencias de los países americanos vecinos y la inestabilidad del colindante, se yergue serena nuestra nación que ha sabido construir una democracia postrujillista, una obra talvez inacabada e imperfecta porque todavía quedan temas pendientes, pero no perdida, habida cuenta de que, con sus altas y sus bajas, al compararnos con los demás, talvez no seremos ciegos, pero reinamos más que el tuerto.

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