Con frecuencia escuchamos a otros y, muchas veces a nosotros mismos, decir que tal o cual actitud o comportamiento es molesto o desagradable.
La gente se limita a observar conductas y a evaluarlas, sin si quiera detenerse a pensar, cuál puede haber sido el origen o la causa de semejante proceder.
No es que una mala conducta pueda tener justificación, pero a veces es el producto de experiencias que causaron un efecto decisivo y negativo.
De forma errónea se cree que solo se pueden corregir ciertos patrones de comportamiento durante la infancia, sin embargo, las personas atraviesan por diferentes etapas a lo largo de sus vidas, y en cada una requieren cierto grado de apoyo, acompañamiento y si pueden contar con algo de orientación, todavía mejor.
No importa cuán adultos sean, los seres humanos en sus momentos difíciles, cuando los problemas no los dejan ver las cosas con claridad, necesitan de esa voz guía que todos merecen tener, ese apoyo incondicional, que les diga que al final del día todo estará bien, de esa persona que le hará entrar en razón y retomar el camino correcto.
Esa persona que dice las cosas que no quieres escuchar, pero que tienen que ser dichas.
Para buscar un consejo, pedir una opinión o recibir alguna corrección, no edad, ni posición. Todos, en algún momento nos salimos del redil y necesitamos redirigir nuestro rumbo y lo último que se necesita son jueces implacables que condenen sin escuchar, que castiguen sin comprender.
No se necesitan puertas cerradas, ni brazos cruzados.
Al contrario, una puerta abierta y unos brazos de par en par en señal de apoyo y solidaridad son todo lo necesario para encontrar las fuerzas para seguir adelante.
Pero elegimos juzgar, condenar, buscar el culpable y condenarlo. Sin derecho a la palabra, sin dejar hablar, sin permitir explicar lo ocurrido y tratar de buscar la razón del error.
Pero ¡qué distinto cuando se trata de sí mismos!
Cuando se trata del error propio, entonces lo único que deseamos es ser comprendidos, que nos perdonen, que no se atreven a juzgarnos, que no nos condenen sin antes entender nuestras razones.
Es entonces cuando olvidamos lo fácil que resulta juzgar a los demás.
