Cuestión de fe

Desde la cuna venimos escuchando sobre la importancia y lo necesario que se hace tener fe.

Nuestro pueblo, religioso por tradición y por convicción, se aferra a la fe cristiana desde diferentes manifestaciones y se une a diversas congregaciones.

La gente procura ese alimento para el alma que es creer en Dios, en Jesucristo y seguir sus mandamientos.

Las personas manifiestan y viven sus creencias religiosas con apego y profunda devoción. Es esa fe ciega a la que hacía alusión Jesús cuando calificó de bienaventurados a aquellos que aún sin ver, creen sin preguntar, sin dudar.

Como vemos, vamos creyendo en otros y en muchas cosas, pero muchos no creemos en nosotros mismos.

Esa es la principal fe que tenemos la obligación de fomentar, la fe en lo que somos, lo que podemos lograr y lo que somos capaces de hacer llegado el momento.

Después, debemos tener fe en lo que queremos y en aquello que hacemos.

La rutina y los problemas de cada día nos van agotando y terminamos viviendo en automático. Todo cuanto hacemos lo hacemos por deber, por obligación, por cumplir. Poco a poco abandonamos nuestros proyectos y ni hablar de los sueños y aspiraciones.

Todo esto pasa porque carecemos de fe en nosotros. No nos creemos capaces de lograr nada, nos descalificamos constantemente, nos restamos méritos, no hace falta que otros nos desanimen, nosotros solos bastamos.

No necesitamos que nos pongan obstáculos, nuestras inseguridades y miedos ya se han encargado de levantar los más altos e insalvables.

Si no confiamos en nuestra fuerza interior, en nuestro coraje, en nuestra inteligencia y capacidad para alcanzar lo que deseamos, estaremos condenados al fracaso.

Si dejamos que el miedo y la desconfianza en nosotros nos deje inmovilizados, inactivos, jamás sabremos de lo que realmente somos capaces.

Y es que si siempre nos han dicho que si no te amas a ti mismo, es imposible que ames a otros, creo con firmeza que si no confías en ti mismo, jamás podrás confiar en otros. Más allá de la fe que empuja a algunos a cometer actos atroces, más allá de aquella que hace ver rosas y un oasis en medio de un desierto, está aquella que nos hace más fuertes y seguros de nosotros mismos.

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