De todo se aprende

No lo entiendes al principio.

No lo aceptas aunque te lo expliquen de mil maneras, o con la paciencia y ternura con la que se les explica o se les trata de hacer entender las cosas a un niño pequeño. Y es que, ¿quién puede creer, en medio de una situación difícil, en la cual no se vislumbra una salida, que todo pasará y que no importa lo terrible que luzcan las cosas, siempre dejan una enseñanza positiva, un aprendizaje que será de gran utilidad en algún momento de la vida?

La incredulidad es comprensible.

Sin embargo, en la práctica, suele ser así. La mayoría lo ha comprobado, aunque con el pasar de los días y el surgimiento de otros males, lo hayan olvidado.

Hay que reconocerlo justo cuando sucede, pero sobre todo, debe quedar registrado, de modo que la lección aprendida por cada cosa que nos lastimó, cumpla con su cometido.

Más que cualquier cosa, es importante entender que todo ocurre por una razón, que muchas veces no logramos entender.

No importa lo doloroso que sea, la profunda tristeza que nos haya causado, tampoco importa el tiempo que pase, el día menos pensado y por las causas más diversas, terminamos entendiendo lo ocurrido.

Es más, siendo la pérdida de un ser amado, lo más doloroso que puede ocurrirle a una persona, un día, entiendes…

Un trago amargo, es el que acostumbra brindar el mal de amores. La rivalidad, los celos, la duda y peor aún, la certeza del engaño, pulverizan el orgullo y la soberbia y unos cuantos también le hieren sus sentimientos, pero, más temprano que tarde, la razón se impone, abrimos los ojos y los sentidos. Aprendemos, se acaba la ingenuidad, no confiamos del todo y podemos identificar las señales de alerta, antes de que vuelvan a lastimarnos.

No hay nada, en lo absoluto, que pase en nuestras vidas sin que exista una razón, sin un propósito. El problema es que somos muy arrogantes para aceptar la condición de humanos vulnerables, seres totalmente al alcance de las adversidades, en la mira constante del dolor y las tragedias, víctimas y victimarios del egoísmo, tan incapaces de aceptar los errores propios, como de perdonar los de los demás.

Nunca es nuestra culpa lo malo que ocurre, pero si lo que sucede es bueno, nos agenciamos todo el mérito.

Es en la negación por las cosas que no aceptamos, y que juramos no merecer, que dejamos pasar las enseñanzas más valiosas, las que nos hereda el dolor, y que solo tratan de hacernos más fuertes, más cautos, menos confiados y más humanos.

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