Es bueno tener fe

No estaría mal iniciar este escrito preguntándonos qué es y qué significa tener fe. ¿En qué, en quién o quiénes confía la gente?
Para empezar, sospecho que cada uno tiene su propia respuesta.
Todos creemos en algo, confiamos en alguien y nos aferramos llenos de fe y esperanza a nuestros deseos y anhelos. Nos han enseñado que la fe mueve montañas y que aquello que deseas y pides con fe te será dado tarde o temprano.

En las Santas Escrituras, el apóstol Pablo explica que la fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve.
De ahí que nuestros abuelos, la mayoría con formación y devoción cristiana, se hayan encargado de transmitir de generación en generación, la importancia de vivir con fe. Una fe ciega, que no se cuestiona y a la que se prohíbe buscarle una explicación lógica.

No existen grandes diferencias entre la definición de fe del mundo espiritual con el mundo carnal.

En ambos universos se asume como la certeza de lo que se espera.

Los religiosos tienen fe absoluta en aquello que establecen las doctrinas impartidas en sus congregaciones. No dudan, no preguntan. Escuchan y obedecen. Es la palabra de Dios, cualquiera que sea su corriente religiosa, y eso basta.

Entre los menos devotos, también se vive con fe, aunque sólo recurren a ella cuando las cosas no van del todo bien.

Sus ruegos y oraciones tienen lugar cuando algo les asusta o les amenaza.

Es cuando la enfermedad o la desgracia se hacen presentes, que se despierta su fe, por esta razón, si no consiguen lo que pidieron con sus oraciones y ruegos, su fe se desvanecerá más rápido de lo que surgió.

La gente cree en las promesas de toda índole, confía en la lealtad prometida, tiene fe ciega en quién un día le aseguró y no cumplió: “puedes confiar y contar conmigo siempre”.
Tras una decepción, su fe se esfuma y juran no volver a confiar en nadie más.

En mi caso, sin apartarme mucho de lo espiritual y situada un poco más en lo carnal o terrenal, admito que es hermoso vivir con fe, se siente una paz indescriptible, pero sin olvidar a Santo Tomás, de cuando en vez, no está mal esperar a ver, para creer.

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