Lo más amado

Para unos, lo más amado es aquello que jamás nos perteneció. Para otros, es aquello que se ha perdido, después de que fuera nuestro.

Así lo consigna Serrat en las letras de su canción “Lucía”, cuando afirma que: “no hay nada más bello que lo que nunca he tenido, nada más amado que lo que perdí…” Es cuestión de cada cual.
Quizás un asunto de prioridades.

Para muchos no es comprensible que para una persona, lo más amado sea lo que jamás fue suyo. Hay quien no lo puede explicar o aceptar. ¿Cómo amar, lo desconocido? ¿Cómo saber a ciencia cierta que eso, abstracto, inalcanzable, es lo único que nos hará felices?

No hay como saberlo.

En todo caso, lo que se estaría amando tanto es solo una ilusión, solo algo que imaginamos mejor que lo que tenemos.

En muchos casos, una realidad que consideramos negativa, una situación que no llena las expectativas, los anhelos de nuestras vidas, de inmediato comenzamos a sentir que cualquier otra cosa será mejor que lo que hoy vivimos.

Unas veces, ese pensamiento resulta cierto, otras veces no.

En cierto modo, nuestra terquedad, la inconformidad que caracteriza a las personas, suelen ser responsables de que las cosas en nuestro entorno no funcionen como lo deseamos.

Esto nos lleva a buscar cosas que nunca alcanzaremos, en vez de luchar por aquellas que tenemos y que con solo poner de nuestra parte, podrían ser mejores.

Quizás, lo más amado depende de cada persona, de su visión de la vida y sus expectativas, de su capacidad de adaptación, incluso, de su optimismo y de la inteligencia para aceptar que no siempre se puede tener todo cuanto se quiere.

Si es que se puede amar lo desconocido, lo que jamás se ha tenido, con más razón se debe amar lo que una vez se tuvo y que un día perdimos, más aún si lo perdimos por nuestra culpa, por nuestras malas acciones o por descuido. Así también debería amarse lo que tenemos, personas y cosas que nos rodean y que están ahí para nosotros. Del mismo modo, se debería amar la vida, aunque las circunstancias que la rodeen no sean las más favorables.

Debe, también, amarse la esperanza de mejorar cada día, de poner empeño en hacer los cambios necesarios para cambiar esas cosas que nos impiden vivir en armonía con la vida.

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