Para no dudar más

Desde pequeños nos enseñaron que una muestra de inteligencia era dudar de aquello cuya explicación no nos convenciera del todo. Sin importar qué, debíamos dudar, aún de lo que creíamos haber visto, pues podría ser que nuestros ojos nos engañaran y nos hicieran malinterpretar un gesto, una mirada.

Nos enseñaron que algunas veces las apariencias engañan.

Nos advirtieron que las personas mentían y por eso, debíamos tomar con pinzas algunas “revelaciones” que nos hacían porque inspirábamos confianza.

¡Cuántas veces nos corrigieron para que no repitiéramos lo que otros decían, pues con ello, corríamos el riesgo de estar convirtiéndonos en portavoces de alguna mentira!

¡Cómo olvidar la severa advertencia de no hablar mal de quien no estaba presente, pues era una cobardía atacar a alguien cuando éste no podía defenderse!

Así pues, muchas de nuestras enseñanzas nos acompañan toda la vida, en su mayoría para bien.

Lo malo es cuando exageremos en algunas lecciones.

Son diversas las advertencias y de igual manera, diversos los resultados. Podría elegir unos cuantos, pero me limitaré al de la confianza.

No es que esté mal advertir sobre el peligro de confiar ciegamente, sobre todo cuando somos niños, muy jóvenes e inexpertos.

No está mal tomar precauciones, conocer bien el terreno antes de
transitarlo.

No está de más saber con quién tratamos antes depositar confianza y afecto.

Al decir esto no me limito a relaciones cercanas, personales, sino que abarca todos los aspectos de la vida en los que sea necesario interactuar con los demás. Lo que en ningún caso es bueno es que por miedo al fracaso, a sentir que nos engañan o simplemente por temor a sufrir una decepción, no sepamos ver la verdad, aun esta sea más que evidente.

Es una pena dejar que el miedo a perder nos impida amar sin reservas. Lo que no debemos permitir es que estos temores nos impidan disfrutar de todo aquello que ni siquiera en nuestros más bellos sueños imaginamos y que hoy recibimos, albergando la duda, no de que sea o no cierto, sino, si realmente lo merecemos.

Quizás en el fondo, esa actitud sea una manera inconsciente de reconocer que hemos hecho poco para merecer lo que recibimos.

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