Los nuevos comienzos, en lo que sea, nunca son fáciles.
Dejarlo todo atrás y decidirse a reiniciar algo, desde la esperanza y perspectiva de un nuevo comienzo, no es una tarea fácil.
No importa de lo que se trate, recomenzar no es sencillo.
Algunas veces, los seres humanos se ven obligados a hacer cambios drásticos y definitivos, lo que significa renunciar a cosas, lugares y personas que han estado presentes a lo largo de sus vidas y al hacerlo, se pierde una parte importante de sí mismos.
Ya sea que se trate de un nuevo lugar donde vivir, de un nuevo trabajo, de nuevos afectos, el cambio muchas veces duele, aún en medio de la euforia de la novedad.
No importa que tan promisorio luzca el porvenir, las personas siempre temen a lo desconocido y el futuro por más que se planifique no deja de ser incierto.
Esta es una razón por la cual resulta tan difícil volver a empezar.
A veces las circunstancias nos obligan a cambiar el rumbo, a dejar atrás todo nuestro pasado con una gran parte de nuestro presente, otras veces la causa tiene su origen en ciertas acciones que nos demuestran el grave error en que hemos incurrido al creer en algo o en alguien.
También el desencanto y la decepción suelen dejarnos las manos vacías y el corazón seriamente lastimado y en vez de detenernos para tratar de sanar el alma, tratamos de reconstruir nuestro mundo con los restos del que se nos acaba de caer encima.
En realidad, complicamos el proceso cuando tratamos de borrar el daño que nos han causado, cuando tratamos de aparentar que no nos dolió.
Cambiamos la dirección pero siempre seguimos mirando el camino que hemos transitado sin prestarle atención al camino que aun tenemos por recorrer.
De todo, lo más difícil es aceptar el final de ciertas etapas en nuestras vidas.
No es una tarea sencilla reconocer que la vida está fraccionada en ciclos y que cada uno tarde o temprano se cierra y se lleva consigo una parte de nosotros.
