Luis Córdova
Especial para elCaribe
La llegada de El Prado en Nosotros a Santiago de los Caballeros constituye uno de los ejercicios más ambiciosos de museografía expandida realizados en el país en las últimas décadas. Se trata de un proyecto surgido de la alianza entre el Museo Nacional del Prado, la Fundación Amigos del Museo del Prado, la Fundación Eduardo León Jimenes y el Centro León, que además hará gira por Santo Domingo, Baní y Punta Cana.
Uno de sus componentes es El Prado en las Calles, que traslada -mediante reproducciones fotográficas de alta fidelidad- un corpus seleccionado de obras maestras del Museo del Prado al perímetro histórico de la segunda ciudad dominicana. Lejos de ser una mera operación de “difusión”, la iniciativa opera como dispositivo de reapropiación simbólica del espacio público: convierte la calle en lugar de enunciación estética.
Hay momentos de la historia cultural de un país que no son solo exposiciones, sino actos de reparación simbólica. Es una irrupción gozosa: Velázquez, El Bosco, Goya, Rubens y Sorolla salen del templo madrileño y se instalan entre y en nosotros. De pronto, Las Meninas miran de frente al motoconchista que espera la luz en la Calle del Sol, y El Jardín de las Delicias se convierte en telón de fondo de una señora que camina presurosa con las compras en manos. Una adolescente se hace selfies con los demonios de El Bosco, un señor mayor explica a su nieto por qué los personajes de Goya parecen locos, una muchacha frente a Sorolla exclama: “Mira qué luz, parece playa”.
Esa apropiación espontánea es la verdadera descolonización del canon: los maestros europeos, siendo vistos con nuestros ojos caribeños, inocentes aun. Se trata de una accesibilidad radical. No hay filas, ni horarios, ni custodios. El arte está ahí, a la intemperie, resistiendo el sol del trópico, en espera de la siempre mágica noche caribeña en el interior de la isla.
La democratización es real, cuando una obra de arte está en la calle, deja de ser objeto de contemplación reverente y se convierte en escenario de conversación cotidiana. La gran pintura europea, que durante siglos fue botín de reyes y reservadas para ojos viajeros beneficiados de una visa Schengen, ahora pertenece al hombre y mujer del Cibao adentro.
Es una muestra que genera cercanía. El arte se vuelve vecino. La ciudad se convierte en museo vivo. Esa proximidad cura algo. El impacto en el corazón de Santiago, con un peatón se encuentra de repente con la historia del arte universal sin haberlo buscado. Y algo se mueve adentro. No es solo estética: es reconocimiento. Es la sensación de que uno también tiene derecho a la belleza, al asombro, a la pregunta profunda. Eso, en un contexto de desigualdad tan brutal como el nuestro, replantea muchas cosas.
El Prado en Nosotros no pide que vayamos al museo. El museo, por primera vez, vino a nosotros con El Prado en las Calles. Y al hacerlo, nos recordó que la cultura más alta y la vida más cotidiana no tienen por qué estar separadas.
Así que salgan a la calle, caminen despacio, las grandes obras ya no están en Madrid. Están aquí, entre nosotros, esperando que las hagamos nuestras.
