Puerto de ausencia; hasta siempre amigo

Hoy me cuesta escribir. Me siento frente a la página en blanco con la sensación de que no tengo palabras suficientes.

Hemos perdido a un ser humano extraordinario, mi amigo querido: Eladio Uribe, un hombre que dedicó su vida a acompañar a otros en su desarrollo, en sus pasos profesionales y, muchas veces, también en los personales.

¿Cómo seguir escribiendo como si nada hubiera pasado? Quizá la única manera posible de cumplir con esta tarea es honrando lo que siento y transformando este dolor en palabras. Porque la escritura, como la amistad, tiene algo de compañía: no sana del todo, pero ayuda a sostener.

Cuando alguien cercano se va, lo que más duele no es la muerte en sí, sino las pequeñas ausencias que deja. No volver a escuchar su voz pausada, siempre dispuesta a orientar. No recibir ese consejo que llegaba sin grandilocuencia, pero con la certeza de quien sabe escuchar. No poder comentar lo que hoy nos parece trivial, pero que con él cobraba sentido. Uno descubre que lo cotidiano, lo aparentemente insignificante, era lo que hacía grande el vínculo.

Eladio tenía la virtud de escuchar sin prisa, de dar su opinión sin imponerla. Tenía un humor sencillo, de esos que iluminan sin estridencias. Lo recuerdo en gestos pequeños, en frases breves, en esos momentos en que parecía que la vida se acomodaba un poco mejor porque él estaba cerca.

Su partida me hace pensar en lo frágil que somos. En cómo vamos por la vida creyendo que tenemos tiempo para todo: para llamar mañana, para visitar la próxima semana, para decir “te aprecio” más adelante. Y la verdad es que no sabemos cuánto tiempo tenemos. La vida no siempre espera.

Escribo con un nudo en la garganta, pero también con gratitud. Porque tuve la suerte de compartir con Eladio un tramo de mi camino. Porque su amistad y su manera de estar presente me enseñaron que acompañar a los demás no requiere grandes gestos, solo constancia y cariño verdadero.

Quizá eso es lo que nos deja la muerte: la conciencia de que lo único que importa de verdad son los vínculos que construimos. El resto —los logros, los títulos, los problemas— se desdibuja. Lo que queda es la huella que dejamos en los otros.

No sé si este artículo será un homenaje suficiente, pero es lo que tengo: palabras sinceras para quien ya no está y para quienes sí seguimos aquí, intentando encontrar sentido. Ojalá aprendamos a no postergar la ternura, a no dejar para mañana los abrazos, a no guardar para después las palabras importantes.

Hoy me aferro a la idea de que Eladio sigue conmigo en los recuerdos, en las historias compartidas, en la manera en que me hizo mejor persona. Y aunque la ausencia duela, también sé que su vida sigue haciéndome compañía.

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