Nací en 1962, cuando para llamar a alguien había que saber dónde estaba su casa y, sobre todo, tener algo que decirle. Mi generación creció sin notificaciones, lo cual hoy parece una forma de pobreza, aunque entonces nos permitía el extraño lujo de terminar una conversación.
Escuchábamos la radio. No por nostalgia: porque no había otra cosa. Rafael de España, Fernando Villalona, 4:40, José José, Los Ángeles Negros, Manzanero, Sandro, José Luis Rodríguez y luego Luis Miguel fueron enseñándonos que uno podía sufrir durante cuatro minutos y después seguir cenando.
Las canciones explicaban el amor mucho antes de que los psicólogos, los influencer y los expertos en relaciones descubrieran que también podían cobrar por hacerlo.
Escribíamos cartas. Había que esperar días por una respuesta. Ahora alguien tarda cinco minutos en contestar un mensaje y ya pensamos que la amistad está en crisis, que el matrimonio se acabó o que el país perdió el rumbo.
También crecimos discutiendo política. Fidel Castro aparecía en la conversación familiar como si fuera un pariente lejano que nunca llegaba, Sandino seguía alimentando discursos y Joaquín Balaguer ocupaba tanto espacio en la vida dominicana que varias generaciones terminaron creyendo que venía incluido en la Constitución.
Vimos llegar el televisor en colores, la computadora, el teléfono celular y finalmente las redes sociales, donde todo el mundo habla, nadie escucha y cada ciudadano administra desde su cama un pequeño ministerio de asuntos mundiales. No idealizo aquellos años. Había silencios injustos, autoritarismo, prejuicios y muchas puertas cerradas. Pero también existía cierta paciencia. Los amigos se visitaban sin anunciarse, los vecinos se conocían y una conversación podía durar una tarde sin que nadie mirara una pantalla.
Mi generación aprendió a esperar. Quizá por eso ahora observa con cierta diversión este tiempo en el que todo debe ocurrir inmediatamente, incluso la felicidad.
Y quizás esa diferencia explique nuestra resistencia a aceptar que una época desaparezca sin pedir permiso. Conservamos discos, fotografías, números telefónicos aprendidos de memoria y algunas costumbres inútiles, como sentarnos a conversar sin documentarlo para demostrar que estuvimos vivos.
No éramos mejores. Tampoco más sabios. Simplemente tuvimos más tiempo para equivocarnos despacio.
Demuéstrame que estoy equivocado…
