Cuidado con ella!

La rutina nos mata de a poco, de a ratos, entre tiempo y contratiempos, su muerte es lenta, sutil pero igualmente cruel, nos duerme mientras canta las promesas que nos mantienen despiertos. En Ezequiel 37 vemos un pueblo que vivió la muerte serena de la vida normal, un pueblo que recordaba sus tradiciones eternas pero olvidaba su propósito terrenal, y de súbito cuando quiso despertar se encontró en las prisiones de lo irreversible. La rutina seca los huesos y estrangula el alma. Y ciertamente la muerte se produce cuando nos separamos de Dios, pero la rutina cuando vamos donde la vida nos lleva y no donde el propósito nos llama, y es así como cambiamos felicidad por paz y logro por comodidad, porque ¡ojo! la rutina es la única jaula que deja su puerta abierta!

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