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Generalmente cuando nos cargamos con impaciencia, y nuestra alma le entrega la llave de la puerta a la duda, es porque hemos estado insistiendo en lograr algo que siempre estuvo fuera de nuestro alcance y que debimos colocar en las manos de Dios porque solamente Él podía materializarlo, y luego, no sacarlo de allí bajo ningún pretexto, porque después de hacer lo mejor que pudimos, no existe nada superior a descansar en aquel que tiene toda potestad y control del mundo visible e invisible. Desecha entonces la ansiedad y la frustración. No caigas en el error de desesperarte y adelantarte imprudentemente a los acontecimientos. D. Moody lo expresó magistralmente: “actúa como si todo dependiera de ti y ora como si todo dependiera de Dios”.

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