Estaba en Nueva York cuando las primeras noticias del desastre del Jet Set empezaban a propalarse. Eran confusas; hablaban de la muerte de la gobernadora de Montecristi y otras once personas. Sentí inquietud, pero no alcanzaba a catar la dimensión del desastre. Luego, el streaming reveló el espanto: la estructura colapsada, los gritos, el caos, los crecientes muertos y heridos. Aunque a distancia, lloré, como tantos dominicanos y algunos extranjeros en esas horas, aun no directamente afectada. Más que una discoteca Jet Set era un ritual colectivo, una memoria compartida. Su caída expuso, brutalmente, nuestras fallas estructurales y humanas. Un año después rememoramos una tragedia que el país aún no ha procesado del todo.
