El médico se ha convertido en un profesional al que se le exige más que al resto, bajo la idea de que es un privilegiado. Lo mismo ocurre con paramédicos y enfermeras, que sostienen jornadas extenuantes sin el reconocimiento adecuado. La formación médica, antes era un sacerdocio, hoy es un proceso costoso y fragmentado con universidades que otorgan títulos, una pasantía estatal desvirtuada, un exequátur que autoriza a ejercer y un mercado que obliga a especializarse para sobrevivir. La vocación ya no basta cuando el médico enfrenta presiones económicas y familiares. Lo que se empeora con un sistema disperso, donde la improvisación sustituye la planificación.
