La vida útil de una sociedad no puede medirse solo por sus años, sino por cómo administra sus etapas de dependencia. Desde la infancia hasta la vejez, toda persona necesita respaldo en salud, educación y seguridad social. Por eso, gobernar no consiste únicamente en inaugurar obras o ganar elecciones, sino en comprender que la vida productiva es limitada y que el Estado debe prepararse para sostener lo que viene antes y después de ella. Quien aspire a dirigir un país tiene la obligación de pensar con realismo y responsabilidad. Atender las urgencias del presente, corregir lo que no funcionó y, sobre todo, planificar el mañana. Esa es la verdadera dimensión del poder público y del liderazgo.
