Vivimos en un país cuya economía depende de un conflicto que ocurre al otro lado del planeta. Cada avance o retroceso en esa guerra mueve el precio del petróleo, y con él, nuestra vida cotidiana. Ya no somos sociedades aisladas, como los taínos o los pueblos amazónicos de hace dos siglos, para quienes el valor del crudo era irrelevante. Hoy, en cambio, debemos seguir de cerca si Irán avanza, si se mina el estrecho de Ormuz o si Trump redefine su presencia militar. Esa es la vulnerabilidad de un mundo interconectado, nuestra economía sube y baja al ritmo de conflictos que no provocamos, pero que inevitablemente nos alcanzan.
